sábado, 8 de octubre de 2016

Los huecos que no quiero entre vos y yo: Montevideo

En el espacio hay conexiones inesperadas. El espacio entre una ciudad y otra es mucho más que un río y mucho menos que el sudor resbalando por la piel, aún esos días fríos y de viento que produce revuelo en nuestras vidas. Algunas vidas están así conectadas, por un sudor que parece un río. No hace falta un beso, quizás apenas tocarse y mirarse, abrazarse fuerte en la despedida, saber que si con muchos estamos muy solos y perturbados frente a una existencia que, sí, brota de su piel como espinas secas, hay otros tan pocos con quienes nos sentimos esa niñita mimada en los brazos de un gigante que nos protege. Eso ví en mi piel estos días, existencias desoladoras y también monstruos protectores que me cobijaron en su medialuz tibia.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Todo sigue
invariablemente
cambiando.
Aunque no lo notemos.

domingo, 13 de enero de 2013

Me despierto un dia y todo ha cambiado

Me desperté con el sonido tenue de un pájaro y me pregunté dónde estoy. Ahora, a veces, no es raro despertarme y hacerme esa pregunta ¿dónde mierda estoy? Y es que la vida, con los años, comienza a suceder con una velocidad inesperada, demasiado rápido, cada día me despierto y algo ha cambiado que me sorprende incluso el crecimiento de mis hijos. ¡La puta madre! ¿Este adolescente alto y flaco que ya  me supera en altura en mi hijo? Pero si ayer dormía en su camita con el móvil de colores mientras nosotros, los adultos, jóvenes llenos de vida, bebíamos y bailábamos por toda la casa. Y sí, vaya, ¿en qué momento pasaron diez, doce, trece  años? Ahora comprendo a los japoneses. Lo importante es el proceso de las cosas, no el resultado, si, total, el resultado va a llegar de todas maneras, no hay forma de escapar a él, llega cualquier día de esos en que, con mas arrugas y más canas, te preguntás en la mañana ¿dónde estoy? ¿Quién soy?

Por eso el otro día, como escribí, lloraba despacito, suave, en el living, si así se lo puede llamar, de mi casa en La Boca, porque de un momento a otro, después de la tormenta y el ajetreo de meses, tuve un poco de lucidez y pude ver todo y me pregunté eso ¿donde estoy? ¿qué hice? ¿por qué abandoné todo? Abandoné todo justo en el momento en que en mi en mi trabajo en la editorial, gracias a los libros empezaba a dejar de ser "doña nadie, dueña de casa" para venirme esta ciudad que a ratos quiero, a ratos encuentro hermosa, a pesar de su suciedad a veces, a pesar de su pobreza dolorosa, Buenos Aires, me despierto bajo tu cielo azul y blanco de nubes y lloro las desgracias que te pasan, como aquella de los niños del subte o, peor, esos otros niños que vi en la calle Corrientes abandonados a su suerte con una mujer tan drogada que no sabía, no sabía, de su existencia, la de ella y la de sus hijitos en la calle. Entonces también me pregunté, a los llantos, qué mierda hice, por qué dejé todo por venirme a una ciudad donde nos tropezamos todos los días con la pobreza, la miseria y la muerte.

Y Pablo, a quien quiero todos los días un poco más, pero nunca lo suficiente, tiene que soportar mi furia, mi desgracia, mi incomprensión, horas y días en que no puedo si no preguntarle, sabiendo que no tiene ni la respuesta ni la culpa ¿por qué pasa esto? ¿por qué me vine? ¿qué estoy haciendo acá? ¿qué clase de sociedad es esta? ¿cómo es posible que lleguemos a estos extremos? Claro, claro que no hay respuesta.

Así es, un día uno se despierta y todo parece nuevo y desconocido, como un viaje en el tiempo y en el espacio, siempre hacia la vejez y la muerte, claro. No sé, francamente, cómo pasó todo esto, cuándo mis hijos dejaron de ser esas criaturas pequeñas y tiernas, esos cachorritos, cuándo mi piel dejó ser tan tersa y suave, cuándo me aparecieron esas arrugas y ese gesto extraño en mi rostro -ese gesto tan extraño en mi rostro- cuándo la Isolda, esa gatita que me dejaron sucia y llena de pulgas en la puerta de mi casa de la calle Riquelme en Santiago, llegó a ser ese animalito tan viejo, un trapito de huesos que duerme en la silla de la terraza en la casa de La Boca, que se consume día a día hasta que día no despierte más, así de vieja nada más. Así, como todos, que no nos damos ni cuenta de eso, cómo llegamos, si es que llegamos, a ser ese paquete de piel suelta y huesos descalcificados a quien les pasó, como una formación de trenes, la vida por encima.

martes, 11 de diciembre de 2012

Cajón de fotografías

He estado trabajando sobre la fotografía desde el punto de vista teórico: Barthes, Sontag, Soulages, Dubois...Benjamin... desde una perspectiva lejana, distante, fría ¿qué mierda es y significa la fotografía? Y de pronto todas esas reflexiones se vienen al tacho de la basura cuando me doy cuenta de que falta un cajón de fotografías.

Era una caja de madera antigua, más o menos grande, donde fui apilando cientos de fotografías familiares a falta de disciplina para armar varios álbumes que incluirían fotografías de mis padres antes de que yo naciera, de mi abuela, de la casa, de los animales, de todas mi edades, de mis amigos en esas edades, de mi hijo, de mis novios, de mis viajes, todas esas fotos de las cámaras analógicas, con algunos negativos de respaldo incluidos... ¿a quién se le ocurre poner todos los huevos en la misma canasta?

En el último viaje que hice a Chile, después de desarmar la casa de Riquelme, me traje la caja de fotografías. Me pareció simbólico, más importante que, por ejemplo, unas ollas u otros libros que todavía me quedan allá. Había, por ejemplo, fotografías que me alcanzó a tomar mi padre. No salía él en la imagen, pero el hecho de que él hubiese puesto la mirada detrás del aparato, me resultaba significativo para recordarlo a él o, quizás, para observarme con su mirada.

Entonces, varios meses después, vino la mudanza en Buenos Aires que, como toda mudanza, finalmente resultó caótica.

Y hoy comencé a buscar unos pasteles y óleos para pintar una tela. No los podía encontrar. Me empecé a desesperar porque ya estaba desesperada desde que Pablo me llamó para contarme que se habían robado todo lo que había en el Land Rover tirado en Retiro. Recordé, medio en penumbras, que en la misma caja de cartón que puse los pasteles de la tía de Pablo estaba la caja de fotografías. Me dediqué a revisar todos los pocos paquetes que todavía quedan sin desembalar.

No. No. No. No están por ninguna parte. Se perdieron.

A pesar de toda una maraña teórica casi me pongo a llorar. Un par de cientos de fotografías que a nadie más que a mi se perdieron. Ahora pasa cada una de ellas por mi mente como las imágenes a Borges en el Aleph. Las veo todas juntas y por separado, mi mamá y yo en el jardín de mi abuela ambas con ropas  con diseños escoceses, a Daniel en la plaza Brasil, a Sebastián reflejado en  las ventanas del metro, a Fernando acariciando un cerdito en el sur de Chile, una foto cuadrada y borrosa de mi padre sentado en el patio de la casa de mi abuela, mi perra apoyada sobre una mesa observando a mi abuela dormida al otro lado, nieve sobre la tierra de la cordillera, Ángel con una mochila sobre una roca en Chiloé... cientos, todas juntas, cada una.

Ya no están.

¿Y ahora?

sábado, 7 de julio de 2012

Gris


Me contaron que pintaron de gris la casa, las rejas y que ya no quedan las flores en el balcón.

Ya está.

Ahora vivo (vivimos) la angustia de encontrar una nueva casa.

El adiós debiera ser definitivo como la despedida en la estación de tren ¿te acuerdas? No hay vuelta atrás, no la hubo cuando me subí a ese vagón hacia Vigo y me alejé y crucé el continente, el cielo, el océano y los años. Y crucé los años hasta ahora. Allí (¿ a dónde?) quedaron los besos bajo la lluvia y el sabor a vino dulce al lado de río, allí los sueños, allí las manos desesperadas y jóvenes, allí todo lo vivido y lo desvanecido en la sustancia desconocida del tiempo y el espacio. Allí donde ya no los puedo tocar. Allí.

lunes, 14 de mayo de 2012

Disciplinar aves

Me tengo que callar.

Acá no me atrevo a prepararme un huevo frito y me da miedo hacerme un té aunque me castañeen los dientes y se me retuerza el estómago. Y es que la serie de errores que puedo cometer en el intento son simplemente incontables, digamos infinitos por lo desconocidos e impredecibles. Supongamos el caso de un té: ¿qué tetera uso? Hay dos, una eléctrica y otra tradicional. No sé cuál es el criterio para usar una u otra, solo sé que aveces usa una y a veces otra en el mismo día. No sé si una es para hervir el agua y la otra para recalentarla. No sé si se gasta más en electricidad o en gas. Además, sobre el mesón, sobre un lugar que parece bien determinado hay un termo ¿habrá que vaciar el agua hervida allí para después recalentarla en la otra tetera? Como sea, a veces está abierto, otras cerrado. En fin, supongamos otra vez que me decido por usar la pava eléctrica, aunque quizás deba usar la otra, la lleno de agua de la canilla pero ¿debo llenarla o solo ponerle agua para mi taza? En caso de que ponga más agua ¿debo vaciarla en el termo? La lleno. Entonces escucho una voz seca "¿llenaste la tetera?" Entre fastidiada y tímida respondo algo intermedio "Le puse agua para dos tazas". Entonces se asoma y "pero yo no uso agua de la llave, uso agua filtrada". Descubro que efectivamente al lado de la pava eléctrica hay un recipiente extraño con agua. Primer error y todavía ni caliento el agua, hasta es posible que se haya reprimido el reproche por haber usa la tetera equivocada. De aquí en más los errores pueden seguir multiplicándose a una escala que me llevaría demasiado espacio para un blog, pero enumero algunos factores de riesgo: hay cuatro paños, uno para las manos, otro para el servicio, otro para las ollas, otro para ¿para qué? ¿cuál es cual? Hay tres luces ¿cuál se enciende cuándo? ¿dónde debo dejar el limón? ¿qué cuchara uso para la miel? la bolsita de té ¿la boto con la basura orgánica o acá hay otro criterio? ¿le saco la etiqueta? ¿o el té se bota aparte para el abono de las plantas? ¿qué taza uso? ¿la deberé lavar después y con qué detergente? Con lo cual vuelvo al tema del paño ¿debo secarla y guardarla? ¿con qué paño? Mejor no me preparo el té, ayer se me olvidó desenchufar y destapar la tetera y me lo hizo notar. O espero en las noches a que se duerma con las noticias que no son noticias (un señor se perdió en la esquina de su casa: quince minutos; otro señor no recibe su medicamento a tiempo: otros quince minutos; otro señor vive solo en una isla de Chiloé, reportaje principal, veinte minutos eternos lleno de clichés poéticos e ideológicos con voz patética; fútbol, lo mejor ¿en este país no hay noticias?)... repito, espero que se duerma con las noticias de la tele y me sirvo un té tratando de no dejar rastro de mis errores. Imposible. Siempre detectará algo.

Pobre madre.

La escucho a veces reprender a los pájaros que tiene. Los reta, los trata de corregir, usa una voz áspera, el pájaro es "desordenado" para comer y bota semillitas fuera del tiesto, como un niño que bota migas fuera del plato. Los pájaros hacen otras cosas de pájaros que ella debe ordenar. Los pájaros están, en realidad, para cantar con su canto agudo y punzante. Mientras, ella los trata de disciplinar.

domingo, 13 de mayo de 2012

Santiago triste

Una nube densa y ploma cubría la cuenca. Atrás quedaba la altura del Aconcagua, límpida. Me dio un pavor retroactivo ¿tantos años respiré esto? La casa de la Boca, tan vilipendiada por estar cerca de una villa en el puerto, me pareció un paraíso y la vista, mejor dicho, la no vista  de Santiago desde los aires, reafirmó mi deseo de comprar esa propiedad.

Sin embargo, los miedos no me dejan del todo, miedos estúpidos como la seguridad del barrio. Muy pronto me pasó que un amigo celebraba su cumpleaños en un departamento de Providencia y no quise ir, aparte de cansada por la mudanza, el año pasado allí, en esa comuna linda, limpia, cuidada, arborizada, me asaltaron. Por supuesto, el hecho de que una vez me hayan asaltado en la noche no significa que me tenga que volver a pasar. Sin embargo, me prueba en carne propia, más allá de las estadísticas y los estigmas sociales, que un atraco como ésos puede pasar en cualquier lugar, como cuando a los chicos les afanan los celulares en el barrio de Palermo. Ha surgido un tema que, si varias personas no hubiesen mencionado, no habría desatado esta discusión ideológica que muchas veces raya en el autoconvencimiento. De todas maneras, si hay algo que no me detiene, es el miedo. Por otro lado, tengo otra gente que ha vivido en puertos o mismo en este barrio Brasil que no sé qué tiene que envidiarle a la Boca.

La primera impresión de la casa de la calle Riquelme fue la de una tarea apoteósica, a pesar de que mi madre ya había avanzado bastante. Cómo voy a hacer esto sola, pensé, es mucho, es infinito, dónde voy a meter todo esto. Sin embargo, se avanza.

¿No te da pena? me han preguntado. No. Ya no. La ilusión de negociar y comprar la casa de la Boca me distrae. Claudia casi se pone a llorar cuando fuimos a ver la casa alta, donde vivió ella cuando recién se separó del marido. Yo lloraría ahora por otras razones, aunque quizás vinculadas a la casa de alguna manera. Tengo motivos para llorar por otros vacíos que okupan mi vida.

Mientras, Santiago no ha dejado de ser una ciudad gris y triste. Mi cariño por ella se desvanece.

domingo, 6 de mayo de 2012

Sueño la casa de mi abuela, otra vez

Entre la puerta de madera y la mampara había acurrucada una niña. Vestía pobremente un día helado de Santiago. Muy helado.

¿Qué te pasa? ¿dónde están tus padres? ¿estás perdida?

Ya se hacía de noche y la hice entrar.

Mi madre tenía que ir a buscar a Paz, mi hija de 8 años, a lo de mi tía Albina, cuando todavía tenía una pensión de estudiantes universitarias en el centro; es decir, cuando mi tía estaba viva, sana y lúcida.

Mientras, llevé a la chica al baño, el gran baño de la casa de mi abuela. Llené la tina de agua caliente y la bañé. Era una niña encantadora. Jugó en el agua caliente y después le día a elegir un pijama de algodón de Paz. Estaba encantada. Encantada y calentita. Luego tomó leche tibia con miel.

En el cuarto de mi abuela, donde yo dormía de pequeña, en la cama de Rubén, acosté a la niña. Ella me pidió que la acompañara. Me acurruqué a su lado haciendo cucharita. Se sentía bien. Yo me sentía bien. Ella se sentía bien. Debajo del plumón en contacto con el pijama suave. Nos dormimos abrazadas.

En medio de la noche me desperté. ¿Habrá llegado Paz?

Mi abuela dormía en su cama, al lado mío. Había un bulto en el diván. Me acerqué y le toque suavemente el cuello. Era Paz. Lo sabía por el pequeño lunar que le sobresale. Después me dirigí al dormitorio de mi madre, que estaba donde siempre estuvo, y también  dormía.

Había tranquilidad.

Todo parecía estar en orden.

Me volví a dormir junto a la pequeña.

La niña sonreía a la mañana siguiente. Estaba mi madre, mía abuela y Paz.

¿Dónde vives? No sé ¿a qué escuela vas? no sé ¿cómo llegaste hasta acá? no sé ¿sabés que micro tomás para ir de tu casa a la escuela? no tengo casa... pero ¿vas a la escuela? sí ¿cómo es? no sé

Mi madre era partidaria de avisar a los carabineros, podría ser que los padres estuvieran desesperados buscándola, pero mía abuela y yo éramos de la idea que no sacaríamos ningún beneficio avisando a la policía, que quizás los padres ni siquiera la estuvieran buscando y que terminaría en un hogar para niños de la calle, que estaría mucho mejor con nosotras mientras buscábamos a los padres, pero mi madre insistía en avisar a la policía. No importaba, se sabía que la decisión final la tomaría mi abuela y mi abuela estaba de mi parte.

La niña parecía feliz con la decisión. Me sonreía y abrazaba. Yo la protegería.

                                                                         ***

Esta mañana conté el sueño durante el desayuno y me di cuenta que esa niña era yo.

jueves, 3 de mayo de 2012

Miedo

Miedo. Miedo.

Miedo de cómo la vida pasa. Miedo a la pobreza. Miedo a la riqueza. Miedo al cambio. Miedo a la rutina. Miedo a la inexperiencia. Miedo a la vejez.
Te lo dije: un día serás una vieja y te reirás de mi, o sea de vos. Y me reí. Qué ingenuidad. Pero me estaba riendo. Me estaba riendo de mi, o sea de la otra. Llegó el día que predije a los quince años. Ahora ya no soy capaz de predecir nada. La vida no es lo que esperaba. Ni mejor. Ni peor. Otra. Tan completamente otra. Un día pensé que me moriría a los treinta y cinco. Eso porque la línea de la vida de mi mano estaba cortada según lo que calculé sería esa edad. No me morí, pero si venimos al caso, ve vine a Buenos Aires. Renací. No me preguntes de dónde soy porque ahora soy de acá, de Buenos Aires. Antes, mucho antes, fui de Santiago de Chile. Allá todo ha ido muriendo para mí. Ahora vendo mi casa, por ejemplo. Ejemplo. La casa de Riquelme.

Vos siempre soñando con casas.

No. Sí. No, ya no sueño con la casa de mi abuela, mi casa, con el largo parrón y los loros y los peces y los gatos y las gallinas y las perdices y las codornices y la perra, el naranjo, el durazno viejo, los limoneros, el caqui, el palto chileno, los damascos que caían de las casas vecinas, las uvas, la palmera, mi gansa y mi coneja, mi primer hámster, las gallinas japonesas ¿te acordás? esas de plumas blancas como de pelo, el espino que mi madre cuidaba tanto y mi abuela podaba sin compasión, esas noches de maldita dictadura ¿te acordás que quisimos hacer una puerta en el muro con los vecinos para no pasar por la calle? Mi abuela se dormía mientras tocaban la guitarra y tomaban mate. Mi abuela. Si las cosas fueran eternas. Algunas, claro. La casa de mi abuela, por ejemplo. Yo le había prometido que jamás dejaría esa casa. Pensaba cumplir, pero mi abuela mal aconsejada decidió poner en venta la casa a nuestras espaldas.  Igual ahora toda esa cuadra está poblada de altas torres de cierta categoría. La que era mi casa. Mi casa con los gatos siameses.

Igual  mi abuela no podía ser eterna. Ni la casa. Ni Ñuñoa. Ni Santiago. Ni mi madre. Ni mi casa de Riquelme. Ni yo.

Ni la pasión.

Ni la pasión.

Las plumas blancas. La ventana de mi cuarto que daba al patio. Mi abuela se levantaba a las seis a preparar la comida de los gatos. Olor a pescado. A las seis de la mañana. Mi cuarto, en invierno estaba frío. Muy frío. No teníamos estufa. Entonces éramos algo así como pobres, salvo por la casa que era enorme. Pero hacía mucho frío. Me daba placer y envidia, caminando al liceo, el olor a café y tostadas, era como el olor a hogar, calentito y quizás cariñoso. Afuera hacía frío y yo caminaba con los pies envueltos en papel de diario.

Y, sin embargo, a pesar de la pobreza, de las peleas entre mi madre y mi abuela, de la falta de mi padre, de la pena que nos rondaba, de la dictadura, hay algo que añoro... ¿un ideal? Qué se yo. En cambio, mi madre nada de eso añora con cariño. Lo desprecia, lo detesta. Yo soy la que mil veces, y no exagero, he soñado con la casa de mi abuela, que vuelvo y vuelvo y vuelvo y el barrio es el mismo. Solo que el barrio no es el mismo. Desapareció bajo las alturas de las torres de categoría. Desapareció tal como mi pasado.

Todo lo que soy nunca lo quise ser. De hecho, no me reconozco y soy mucho menos de lo que pensé. Hay cosas buenas insospechadas como mis hijos. Quizás cómo ellos habrán de recordar su infancia. Mi infancia fue horrible y, sin embargo, no dejo de buscar refugios como el Land Rover de mi padre y la casa de mi abuela, como si el Land Rover y la casa grande llena de animales fueran el paraíso perdido. Quizás todos tenemos ese paraíso perdido en medio del dolor.

Y esto por qué.

Ya sabés.

Estoy a días de vender la casa de Riquelme y me duele y tengo miedo, mucho miedo, pero ¿qué importa?la vida es impredecible.

Y el pasado me duele.

Y el futuro me atemoriza.

Yo siempre luchando contra yo, creo.

Yo luchando contra mis miedos, mis limitaciones, mi desidia, mi mediocridad, mi dispersión, mi crueldad.
Yo luchando contra yo.

¿¡Y por qué no puedo tener cinco gatos siameses si quiero!?

Porque no, porque no tenés espacio, porque no sos tu abuela.

A veces no entiendo la felicidad (¿?) de los otros. No la entiendo, pero me hace sentir miserable cuando parece que la muestran. Hay gente que parece tan agradecida de la vida, tan amorosa, tan cariñosa. Yo sospecho, pero quizás tengo un gen defectuoso, quizás yo soy una hija de puta, egoísta y megalónoma. Quizás. O quizás algunos luchan contra ese sentimiento de impotencia frente a la vida. Y se escudan en la religión. Cualquiera. Entonces adhieren a los temazcales y otras ceremonias indígenas. Yo dudo. No es que no crea, pero dudo que nosotros que hemos sido educados en el mestizaje occidental podamos sentir de verdad, creer de verdad, qué se yo, que eso nos de la respuesta, dudo, en definitiva que los haga más felices y plenos. Pero ellos parece que sí.

O tal vez ocultan, como yo, como vos, nuestras frustraciones.

Yo sé que vos tenés frustraciones que no vas a revelar ahora. Al final, todos somos como un película francesa. O, peor, quizás la vida sea como una película francesa, nos callamos lo que nos duele y fingimos que somos felices con lo que tenemos que no es, ni más ni menos, lo único que hemos podido obtener.

Y mientras más viejos es peor.

A mi ¿qué me queda? Además de ciertas convicciones, el miedo. Miedo. Y más miedo.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Las primeras pequeñas tazas...

...del taller de Maximialiano Abbiati: modelado a mano en gres y esmaltado:


jueves, 24 de noviembre de 2011

Cuerpos

No solo tenemos que cargar con nuestras vidas, también con nuestros cuerpos, pesados, envejecidos, filosos, resbalosos, regordetes, pequeños, triangulares, fofos, duros, aburridos, decaidos, fanfarrones, apocados, tergiversados, inmaculados, arrugados, secos, fibrosos, juveniles, decadentes, quebrados, ausentes, dislocados, insensibles, alérgicos, húmedos, secos, oleosos, perfumados, asados, quemados, tostados, repulsivos, blanquecinos, pecosos, lunarosos, sucios, fuertes, espaldarosos, huesudos, ágiles, torpes, inseguros, fláccidos, agarrotados, panzones, guatones, pechugones, detestables, así como con nuestras vidas.

martes, 15 de noviembre de 2011

Vidas dobles

Quizás sea el influjo de Cortázar. Buenos Aires es de pronto el lugar de los dobles. Una mañana observé al padre de mi hija, profesor en un colegio de Santiago, tratando de llevarse una camioneta con una grúa del gobierno de la ciudad. No era él, claro, pero era exactamente igual: el mismo cuerpo, la misma forma de los músculos y el color del pelo, una misma edad y una misma actitud espinal debido a sus alturas, incluso la nariz pronunciada y aguileña eran copias de sí mismas. En lo demás, se veía mejor: más alegre, dinámico, vivaz y sin cara de eterno conflictuado. Pensé, en ese momento, que quizás éste otro, el más proleta y más alegre era el que me debía estar destinado y no el pequeño burgués conservador y neurótico de Santiago. Alguien se equivocó.
Y, ayer, sentada en el subte de la línea B se subió mi vecino de Santiago, Aníbal, el joven de 27 años, talentoso e inteligentísimo que pasa sus horas desperciándolas en la indesición de sus múltiples facultades. Alto, muy delgado, de pelo largo, moreno y ensortijado, recorría los vagones tocando el violín. Salvo que éste era un venezolano, estudiante especulé que se gana un poco la vida de esta forma. Otra vez, el mismo cuerpo con un espíritu diferente: decidido, alegre, energético y vivaz, mientras que el de Santiago parece que se hubiera quedado detenido en su adolescencia masturbándose a cada momento y con esa expresión de hastío o cansancio permanente.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Ana y Sonia



Primera prueba de cabezas de muñecas de papel arcilla (casi 50%), pintadas con pigmento y una capa delgada de esmalte transparente. Luego viene el cuerpo de trapo.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Hombre inadecuado para su silla

Papel/arcilla (50%) sin hornear todavía

lunes, 26 de septiembre de 2011

lunes, 19 de septiembre de 2011

jueves, 1 de septiembre de 2011

Tirar todo

Hoy tiré todo del librero de mi hijo. Escondí la computadora y saqué el televisor. Hace días, sino meses, que me pregunto qué le pasa a los chicos que me rodean que no se interesan en nada, no tiene ningún afán, ninguna pasión y veo con terror cómo va llegando el día en que mi hija menor empieza a dejar de dibujar, pintar, construir, coser, todo va quedando relegado por sentarse frente a la tele o para jugar en la compu. Hoy tiré todo y me puse a llorar, eso que no quería que perdieran, lo que yo hubiese querido no perder de mi infame niñez, ellos también lo van perdiendo, sus cerebros se van anquilosando como los músculos del enfermo en cama, observo con espasmos cómo desperdician sus potenciales y talentos.

Hoy tiré todo del librero de mi hijo mientras gritaba, tiré los libros de Leonardo, los de dibujo de anatomía, los cuentos y  novelas, los lápices y cuadernos de dibujo vacíos, los diccionarios de alemán, italiano, inglés ¡para qué todo esto! ¿para qué todo esto si vas a terminar jugando a ese maldito juego de la compu y nada más? ¿para qué el saxo? ¿para qué la guitarra? ¿para qué el colegio alemán si nos sabés decir ni salchicha? ¿para qué estos marcadores carísimos y el bloc de cómics?

Tiré todo, saqué la compu y la tele. Quizás si no tengan eso, empiecen a aburrirse y cuando el aburrimiento sea mucho, insoportable, se animen a otras cosas, a dibujar, a escribir cuentos, a experimentar con la química y la fisica de la cocina y el jardín, a coleccionar estampillas u hojas secas, a salir a caminar o andar el bici, a tomar un curso de teatro o acrobacia...

Y, al final, lloré porque he estado equivocada como tantos padres, dándoles de todo creyendo que les doy oportunidades, cuando la oportunidad está en la voluntad de cada uno, cuando la oportunidad muchas veces va de la mano de la precariedad, porque en una cultura de la precariedad, como decia mi maestro Fidel S.,  no tener nada nos obliga y nos motiva a crearlo todo, porque tenerlo todo nos va vaciando y secando, como veo que se vacia y seca la hija de P., como veo que mis propios hijos empiezan a tomar ese terrible camino del sinsentido humano que desemboca en la superficialidad y la estupidez, en el egoísmo y la acumulación.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Cuarenta

A pasos precipitados sobre los cuarenta años voy a decir lo que muchos ya han dicho, en silencio o a gritos (o, quizás, yo quiera creer que muchos lo han dicho): no he hecho nada... esto quiere decir nada valioso, por supuesto. No estoy en la cumbre de mi carrera, ni siquiera estoy al comienzo, probablemente todavía no sé cuál era mi carrera, más posiblemente nunca supe hacia dónde debía correr para ganarla o, al menos, participar en ella.

Son reflexiones inevitables al acercarse el día del cumpleaños, sobre todo si se cambia de folio. Al final, estamos hechos de convenciones. Todo es convención que aceptamos como imperativos biológicos porque ¿es más determinante cambiar de folio en el sistema decimal? No, claro, ahí están los antroposóficos, a quienes yo les creo, diciendo que los ciclos naturales son más bien de siete años (los cuarenta, entonces, no son un cambio importante en la vida de una persona, al menos no tan determinante como los 42, cuando entre en el sexto ciclo de mi vida). Otra convención lingüística: la carrera. Al final, es bastante angustiante, sino frustrante, tener que hacer cualquier cosa en la vida pensando que es una carrera, andar corriendo ¿para alcanzar qué? ¿la meta? ¿cuál sería la meta? ¿qué importancia se le asigna a los procesos en una carrera? Por definición lo que importa en una carrera es ganar, llegar primero a la meta. Claro está que están los que dicen, a modo de un raro consuelo en el que no se connota el verdadero significado del término, que lo importante es competir... una vez más... "competir". Alguna vez participé en competencias y maratones. Varios kilómetros corriendo para llegar sino la última una de las últimas. Ah, bueno, supuestamente estaba la satisfacción de llegar al final sin rendirse... pero lo mismo hubiera podido hacer sola, matarme corriendo esos tantos kilómetros sin someterme a la humillación de llegar honrosamente de las útimas. Por supuesto que si corriera sola ya no sería una "carrera", sino un desafío personal y, personalmente, prefería correr dando vueltas a la cancha del campus así sola, sin apuros, a mi ritmo, a veces acompañada por unas cuántas de esas vueltas (nunca los ritmos coinciden), con el saludo o la burla de algunos estudiantes que allí descansaban, estudiaban o fumaban marihuana... una, dos, tres horas trotando más que corriendo no es, ciertamente, una "carrera".  Si uno compite es porque quiere ganar... si no simplemente no entra en la carrera.

Así que así estamos a los cuarenta años en la carrera profesional, ni siquiera comenzada porque menos sé cuál es la meta a la que tengo que aspirar o, peor, aquella meta a la que aspiraba ya está atiborrada de otros competidores que llegaron primero y, francamente, pierde sentido seguir corriendo para llegar la última otra vez.

Más bien se trata de empezar una y otra vez cualquier cosa, lo que se critica como inconstancia... lo que es cierto, no vamos a negarlo. Es la única carrera que he perseguido constantemente: la inconstancia. Y no me ha llevado a ninguna parte. Quizás porque nunca entendí, y es difícil que lo entienda ahora, por qué tenía que correr.

viernes, 22 de julio de 2011

Chile

Ésta me parece una ciudad grisácea. No sé por qué estoy aquí y me empeño en mantener la casa. Quizás sea simple hábito. Algunos días apenas se ve la cordillera detrás de los edificios del centro y del esmog, esa tenue neblina opaca y densa que se pega a la ropa y la piel. Junio y julio siempre fueron los peores meses. siempre quise escapar en esta fecha, soñando con paisajes nítidos y prístinos. Ni hablar de la cuestión social y política. No es, para nada, que no me quiera meter. Muy por el contrario me siento más involucrada que nunca, pero pienso que los análisis de la cuestión ya están bien formulados por otros con más discursividad en el tema. Ver así al situación de este país, que tocó ser en parte el mío, me angustia y lastima. Las personas que después de un año y medio todavía están esperando que el Estado las ayude a reconstruir sus casas, sus pueblos enteros, son aporreadas y maltratadas por la policía; estudiantes secundarios, pibes, que han llegado al extremo de iniciar una huelga de hambre exigiendo algo que en muchos otros países, como el nuestro, países que ya no se pueden decir pobres, dan por sentado: una educación gratuita que no sea el adiestramiento de mano de obra para una sociedad de consumo que sigue aumentando la brecha socioeconómica a niveles de una injusticia que dan ganas de gritar mientras un flamante empresario, que logró ser Presidente elegido, dice sin vacilar que la educación es un "bien de consumo". No me dan ganas de volver a esta ciudad gris y este país más injusto que otros de la región. Tampoco me dan ganas de escapar. Hace tiempo que estoy convencida de que la literatura, que es en mi caso lo que me hace vivir, tiene una función social. Salvo que no sé desde dónde actuar cuando soy una escritora completamente anónima. Quién haya leido mis cuentos en el blog de literatura infantil que llevo, a falta de publicar, verá que el asunto está presente, pero lejos de los criterios editoriales del momento, que, en general, prefieren inventar un mundo edulcorado que se parezca a la realidad, cuando no lisamente cuentos maravillosos sin ancla en la realidad social de los niños que leen, o pudieran leer, esa literatura, tan menospreciada por la academia. Sin embargo, lo que pueda hacer, lo haré desde otro lugar porque no quiero que mis hijos crezcan en un sistema escolar militarizado, donde, desde otros estamentos, se los aporrea también y se los menosprecia, no se los escucha, donde tanto un ministro como muchos otros adultos exhiben, sin pudor, un discurso represivo y estúpido: los niños están para estudiar, no para hacer política, tómense unas vacaciones y déjense de molestar. Hace unos días, un enorme grupo de escritores firmó un manifiesto en apoyo de estos estudiantes... salvo que siempre pareciera que el problema de los estudiantes solo fuera problema de los estudiantes cuando es uno de la sociedad entera. Aquí, hace tiempo, lo único que se hace es adiestrar a los chicos. Nada más. Muchísimas horas de clases simplemente para capacitarlos para ser más eficiente en el engranaje productivo. La literatura (y las expresiones artísticas en general) cada vez tiene un espacio menor en el currículo porque no entra en la multitud de pruebas y evaluaciones a los que son sometidos desde la más tierna edad. ¿Por qué iba yo a castigar a mis hijos en un sistema así? Luego, aquellos demasiados que no tienen el privilegio de esos otros poquísimos de las familias (re)adineradas, deben someterse a las condiciones de trabajo más humillantes, sin atreverse a reclamar porque no pueden, ni siquiera tienen, la mayoría, la capacidad de un juicio crítico o, los que lo tienen, están atemorizados o no poseen las herramientas discursivas para reclamar. De esta manera, una amiga me cuenta que hace unos pocos meses trabajó en una fábrica de zapatos donde los encerraban con llave toda la jornada laboral, no los dejaban hablar durante la hora de almuerzo y, por supuesto, les pagaban el sueldo mínimo, lo que acá, puesto que el Estado no se hace cargo de los servicios básicos, es prácticamente nada, puesto que hasta trasladarse en el transporte público (público no por que el Estado participe, sino público porque van todo amontonados) cuesta más de un tercio del sueldo, sin contar que en invierno la calefacción, por ejemplo, es una fortuna hasta para una familia de clase media acomodada. Esto también es el resultado de un mal sistema de educación. El problema de la educación no es un problema de los estudiantes a quienes tenemos que apoyar, es un problema de la sociedad entera, es el problema de cada uno de los que vive en este país o, como yo, tiene un vínculo con él. Es nuestro problema, de todos.

viernes, 1 de julio de 2011

Librerías

Hay días, momentos, en que quisiera volver a mi casa. Es un instante de nostalgia no decisivo, pues me basta con reiterar el mismo deseo una vez más para darme cuenta de que veo mi casa como una isla en medio de Santiago. Lo pienso mientras camino por cualquier calle o callecita de Buenos Aires y me encuentro con una librería. Entro. Recorro. La última vez que Lili vino a este puerto, salió llorando de los libros del pasaje. Hacía una o dos semanas, apenas, que había muerto Oscar, su marido, el del jardín en el puerto del otro lado, el arquitecto, coleccionista de juguetes y libros para niños. Las librerías deben de haber sido, también para él, un refugio y me consta que últimamente compraba compulsivamente libros, libros maravillosos que no alcanzó a abrir en su biblioteca. A mí me ocurre como él, siento que me vuelvo una adquiriente compulsiva de libros cuando, no más entrar a la librería, recuerdo que en Santiago, además de los precios, no voy a encontrar tantas tiendas y cafecitos por doquier, sin mencionar Corrientes o los parques Centenario y Rivadavia, me llevo los libros a casa como si fuera la última vez que voy a tener la oportunidad de ponerlos ante mi para tocarlos, verlos, hojearlos y, finalmente, observarlos y leerlos. Quisiera algún día poder sentarme a ver los libros que Oscar no alcanzó, pero pienso que ya no será lo mismo, por maravillosos que sean, el placer se diluye un poco si no hay con quien compartir esa pasión. Quizás por eso me aceptaba y me invitaba a sentarme en el living de su casa donde me exponía sus libros nuevos mientras, evidentemente, gozaba doblemente: el verlos y el compartirlos. Aparte de él, nadie podía si quiera moverlos de sus estanterías y eso se respetaba como una ley sagrada. Ahora que ya no está, no sé quién habrá tomado su lugar en el cuidado de ellos. A veces, le he pedido al hijo que me deje entrar en la biblioteca, pero no he insistido mucho porque sé que no será lo mismo. Quizás como le pasó a Lili el día que salió llorando de la librería, quizás para ella ya no tenía sentido ni placer recorrerlas. Oscar y yo dejamos de darnos ese placer compartido cierta vez que discutimos por la mujer de su hijo. No, creo que fui yo la que verdaderamente perdí. Él tenía otras personas con las que compartía su pasión por la arquitectura, las plantas, los juguetes y los libros. En cambio, yo, me quedé sola.