viernes, 1 de julio de 2011
Librerías
Hay días, momentos, en que quisiera volver a mi casa. Es un instante de nostalgia no decisivo, pues me basta con reiterar el mismo deseo una vez más para darme cuenta de que veo mi casa como una isla en medio de Santiago. Lo pienso mientras camino por cualquier calle o callecita de Buenos Aires y me encuentro con una librería. Entro. Recorro. La última vez que Lili vino a este puerto, salió llorando de los libros del pasaje. Hacía una o dos semanas, apenas, que había muerto Oscar, su marido, el del jardín en el puerto del otro lado, el arquitecto, coleccionista de juguetes y libros para niños. Las librerías deben de haber sido, también para él, un refugio y me consta que últimamente compraba compulsivamente libros, libros maravillosos que no alcanzó a abrir en su biblioteca. A mí me ocurre como él, siento que me vuelvo una adquiriente compulsiva de libros cuando, no más entrar a la librería, recuerdo que en Santiago, además de los precios, no voy a encontrar tantas tiendas y cafecitos por doquier, sin mencionar Corrientes o los parques Centenario y Rivadavia, me llevo los libros a casa como si fuera la última vez que voy a tener la oportunidad de ponerlos ante mi para tocarlos, verlos, hojearlos y, finalmente, observarlos y leerlos. Quisiera algún día poder sentarme a ver los libros que Oscar no alcanzó, pero pienso que ya no será lo mismo, por maravillosos que sean, el placer se diluye un poco si no hay con quien compartir esa pasión. Quizás por eso me aceptaba y me invitaba a sentarme en el living de su casa donde me exponía sus libros nuevos mientras, evidentemente, gozaba doblemente: el verlos y el compartirlos. Aparte de él, nadie podía si quiera moverlos de sus estanterías y eso se respetaba como una ley sagrada. Ahora que ya no está, no sé quién habrá tomado su lugar en el cuidado de ellos. A veces, le he pedido al hijo que me deje entrar en la biblioteca, pero no he insistido mucho porque sé que no será lo mismo. Quizás como le pasó a Lili el día que salió llorando de la librería, quizás para ella ya no tenía sentido ni placer recorrerlas. Oscar y yo dejamos de darnos ese placer compartido cierta vez que discutimos por la mujer de su hijo. No, creo que fui yo la que verdaderamente perdí. Él tenía otras personas con las que compartía su pasión por la arquitectura, las plantas, los juguetes y los libros. En cambio, yo, me quedé sola.
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