El mar, en esa costa, es profundo. Dos pasos al interior y uno se podría ahogar, cuando la ola viene y te gira y gira, tan frágil el cuerpo, no sabés lo que es arriba y lo que es abajo, como estar en el espacio, quizás, sin fuerza gravitacional, quizás, como morir, quizás.
Después de todo, hay dignidad, aunque no la haya, aunque sea quizás, quizás, qué concepto inventado para obligarlo a uno a lo que los otros, esa masa nunca definida, quieren que haga para su provecho En fin, existe el concepto, por lo tanto existe la dignidad, cualesquiera cosa que sea según la conveniencia de cada uno, por supuesto.
Todo esto, que es poco, a propósito de un comentario: lindo, bien, perfecto, pero te falta profundidad.
Ya lo sé.
Pero la profundidad es peligrosa, señora, a veces uno se ahoga en esa profundidad.
También es cierto que se puede nadar y desplazar en un ambiente denso que lo sujeta a uno. El peligro siempre está, a la vuelta de la esquina, uno se puede golpear contra un árbol o caerle un vehículo encima, cuando no una bala perdida.
Ya lo sé que me falta profundidad. En todo. Hace años que estoy exactamente en lo mismo, tratando de encontrar esa profundidad. Recuerdo: la cara despectiva de M. Wessely cuando le mostré mis fotos: mismo diagnóstico: perfecto técnicamente, pero ¿qué querés decir? A esto le falta profundidad. Después, me acosté con él (en ese tiempo me acostaba con el que me diera la gana, era tan fácil). Yo no encontré nunca la profundidad en la fotografía.
Y escribir.
Una debería tener el derecho, como mucho otros, de ganarse la vida sólo porque escribe lindo. Punto. No todos podemos, aunque queramos, ser profundos. Al fin ¿por qué no me puedo dedicar a la decoración escritural?
No todos tratan de decir algo profundo cuando hacen un vestido, o un pocillo de cerámica, o una ilustración.
Si vos profundizás, podés brillar, tenés las condiciones.
Me recuerda la fatalidad, mi querido profesor, de mi (su) anunciado brillo. Hace ¿14? años. Algo así ¿qué hice esos 15 años? No brillé. Incluso puede que me haya opacado.
Estoy cada día más fría y menos profunda.
No puedes esperar amor de mi, amor: soy cáscara ¿no lo notaste? Lástima que esta cáscara, como toda, se desgasta, se reseca, se descompone. Después no habrá nada ¿no lo entendés?
Ni profundidad, ni brillo, ni cáscara. Nada.
jueves, 7 de abril de 2011
viernes, 18 de marzo de 2011
Ausencias
Supongo que el tamaño de la ausencia no tiene tamaño.
Estos días, a pocos de llegada nuevamente a Buenos Aires, con su calor que me brota de alergias, no he parado de dormir. No sé bien qué me pasa, pero los niños se están matando a gritos en su cuarto y yo sigo lánguida en la hamaca, a ver si agarro un viento fresco, mientras me voy adormilando otra vez. No importa cuántas veces en el día, cada vez que me duermo es como si hubiese estado todo un día laburando duro, como hace la mayoría de la gente, ésa que con razón se golpea, una y otra vez, la cabeza contra la ventana, si no se apoya en el hombro de un vecino incómodo, mientras el bus va superando, también uno tras otro, los baches de las callecitas de esta ciudad.
Es que tengo ausencias que me duelen y proyectos que me miran desde la lejanía.
Hay una puerta, en una calle cercana, que mis pies ya no atraviesan para el café o la charla despreocupada pero profunda o la galletitas en el horno. La verdad es que no es solo la rutina de caminar esas dos cuadras para encontrar una amiga, lo cierto es que esa amiga, con toda su juventud, también se transformó en un refugio para mi alma. Hay otros refugios, pero ése falta. Además, para los demás, la vida no pasa enfrente de ellos como estos días para mi. Ya sé que se acabará, pero no dejo de vivir como si estuviera en el caribe con los cocos cayéndome a los pies. Me duermo y sueño. No puedo parar de dormir, aunque quiera. Si no fuera porque aquí no existe, diría que los mosquitos me han contagiado de la enfermedad del sueño, en vez del dengue.
En casa, se asustan: cuando despierte de este letargo, no saben qué esperar, como la calma antes de la tormenta.
Hace mucho, pasé por un estado parecido. Recuerdo: sentada a la ventanilla del tren entre Santiago y Paine, un pueblito a pocos kilómetros. Mi hija era un bebé que no paraba de llorar, por cualquiera razón, las mujeres que iban del tren se desesperaban, la tomaban en brazos, me hacían darle teta, jugaban con ella, pero no paraba de llorar. Yo miraba por la ventana y ya no me importaba nada: ni la basura acumulada a los costados de la vía, ni la pobreza, ni la injusticia, ni mi hija llorando, ni siquiera recuerdo si mi hijo me acompañaba. Era un letargo despierta.
Lo bueno, Ana, es que en algún momento uno despierta. Algunas ausencias se vuelven insoportables y uno decide moverse. Ojalá todo esta inmovilidad sea una suerte de acumulación de energía. Tal vez sea necesario, a veces, quedarse así, quieto y dejar que los sueños hagan lo suyo, hasta que uno vuelva a salir a flote, para nadar con más fuerza contra las olas y llegar a la orilla y correr y correr por la playa, la arena, las rocas, los bosques y los cerros.
Mientras, soy una especie de grillo congelado.
Estos días, a pocos de llegada nuevamente a Buenos Aires, con su calor que me brota de alergias, no he parado de dormir. No sé bien qué me pasa, pero los niños se están matando a gritos en su cuarto y yo sigo lánguida en la hamaca, a ver si agarro un viento fresco, mientras me voy adormilando otra vez. No importa cuántas veces en el día, cada vez que me duermo es como si hubiese estado todo un día laburando duro, como hace la mayoría de la gente, ésa que con razón se golpea, una y otra vez, la cabeza contra la ventana, si no se apoya en el hombro de un vecino incómodo, mientras el bus va superando, también uno tras otro, los baches de las callecitas de esta ciudad.
Es que tengo ausencias que me duelen y proyectos que me miran desde la lejanía.
Hay una puerta, en una calle cercana, que mis pies ya no atraviesan para el café o la charla despreocupada pero profunda o la galletitas en el horno. La verdad es que no es solo la rutina de caminar esas dos cuadras para encontrar una amiga, lo cierto es que esa amiga, con toda su juventud, también se transformó en un refugio para mi alma. Hay otros refugios, pero ése falta. Además, para los demás, la vida no pasa enfrente de ellos como estos días para mi. Ya sé que se acabará, pero no dejo de vivir como si estuviera en el caribe con los cocos cayéndome a los pies. Me duermo y sueño. No puedo parar de dormir, aunque quiera. Si no fuera porque aquí no existe, diría que los mosquitos me han contagiado de la enfermedad del sueño, en vez del dengue.
En casa, se asustan: cuando despierte de este letargo, no saben qué esperar, como la calma antes de la tormenta.
Hace mucho, pasé por un estado parecido. Recuerdo: sentada a la ventanilla del tren entre Santiago y Paine, un pueblito a pocos kilómetros. Mi hija era un bebé que no paraba de llorar, por cualquiera razón, las mujeres que iban del tren se desesperaban, la tomaban en brazos, me hacían darle teta, jugaban con ella, pero no paraba de llorar. Yo miraba por la ventana y ya no me importaba nada: ni la basura acumulada a los costados de la vía, ni la pobreza, ni la injusticia, ni mi hija llorando, ni siquiera recuerdo si mi hijo me acompañaba. Era un letargo despierta.
Lo bueno, Ana, es que en algún momento uno despierta. Algunas ausencias se vuelven insoportables y uno decide moverse. Ojalá todo esta inmovilidad sea una suerte de acumulación de energía. Tal vez sea necesario, a veces, quedarse así, quieto y dejar que los sueños hagan lo suyo, hasta que uno vuelva a salir a flote, para nadar con más fuerza contra las olas y llegar a la orilla y correr y correr por la playa, la arena, las rocas, los bosques y los cerros.
Mientras, soy una especie de grillo congelado.
viernes, 21 de enero de 2011
Vida salada
La sal. Al viajar de regreso a Buenos Aires suelo llevar sal gruesa marina. El sabor es otro, tiene el aroma a la playa del Pacífico, la brisa cuando te moja, sentada sobre el borde de una roca cuando revientan las olas, ahí, un poco al principio del abismo salado. Me gusta la sal, pero no cuando alguien anónimo pero susceptible de certeras sospechas se dedica a tirar sal en la entrada de mi casa, situación a la que no le di importancia la o las primeras veces, pero que me llamó la atención en cierto punto, por su insistencia en aparecer en abundantes cantidades. Lo busqué en nuestra enciclopedia virtual: es una brujería para provocarle mal a quien se le deja la sal en su entrada... pueril, ingenuo, triste, amargado, podría ignorarse el hecho, hasta reirse de él, pero, a pesar de todo, algo molesta en lo profundo: es encontrarse en medio de una sociedad donde las personas le desean el mal al otro. Cierta vez leí en una columna de un tal doctor en la Revista Viva del Clarín (me entretengo con sus clichés sicológicos) que la envidia sana no existe, que toda envidia es mala... no, doctorcito, le cuento que hay una envidia sana, como el yogur, si seguimos con los clichés, la que no te hace daño, la que incluso te hace sentir mejor por unos instantes (ciertamente, qué lindos zapatos llevo hoy) y hay una envidia enferma (podría ser el término adecuado) que es esta: la de un cobarde anónimo que te desea mal a tal punto que llega a creer en brujerías y te tira sal en la puerta de tu casa: para que fracases (¿acaso ya no hemos fracasado?), para que te vaya mal (¿acaso no ha sido suficiente con el terremoto y el nuevo gobierno?), para ¿para qué? ¿qué mal le pueden desear a uno? Ninguno, por cierto. Lo que enferma realmente es tener tan cerca gente así de enferma.
lunes, 17 de enero de 2011
Miedo
Después del terremoto, que yo sepa, a nadie lo ha ayudado el gobierno de turno. Por ahí la ministra de vivienda inauguró con mucha pompa algo de mil viviendas, pero en realidad correspondía a un programa del gobierno de Michelle Bachellet. Es sabido lo abandonados que están en el sur, pero tampoco los medios le dan mucho espacio, como corresponde a nuestra hegemonía derechista. Así, los miedos proliferan. Yo tengo mucho miedo y supongo que miles de personas, que están reconstruyendo sus casas, también lo tienen. En mi caso, el de los habitantes de la ciudad de Santiago, el municipio ofreció un subsidio de 500 mil pesos que requería una larga documentanción, entre ellas, la firma de un ingeniero y un arquitecto. La verdad es que sólo esas firmas costaban los 500 mil pesos. Así que desistí de hacer los trámites. Por suerte, porque tampoco podía ser cualquier ingeniero y arquitecto, sino que debía ser uno asignado por el municipio ¿qué tal el negocio? Ni hablar que después se les ocurrió que el municipio haría un convenio con el Banco Santander, no otro, no el Banco del Estado, por ejemplo, a quien debiera corresponder su participación dadas las circunstancias, bueno, un convenio con el banco español para ofrecer créditos "blandos" para los afectados por el terremoto. Hasta donde yo llegué a averiguar, este crédito blando tenía una tasa de interés de casi el 20% anual. En mi banco, conseguí un crédito con una tasa del 5% anual. Entré en el sistema. Tuve que entrar. No podía dejar mi casa, declarada patrimonio histórico por otro lado, sin techo y algunos muros cuarteados. Además, al mes del terremoto me llegó una carta del municipio avisándome que mi propiedad estaba inhabitable y que si no solucionaba el problema sería demolida en su totalidad (supongo que la fachada no, puesto que tiene esta condición de patrimonio). Ha pasado casi un año. La reconstrucción se hizo, a costa de un gran endeudamiento por mi parte con un banco privado. Todavía no termino de pagar ni de terminar los arreglos de mi casa. Y tengo miedo. ¿Y si pasara otra desgracia, como pasan? ¿Si este año lloviera inusualmente en Santiago y mi casa se inundara? ¿si la bodega de atrás se incendiara y tomara mi casa? ¿si no logro pagar el crédito? La sensación que tengo, que la debe de tener tanta gente de este país que parece tan desarrollado, o lo hacen aparecer, es que se tiene miedo, de que las fuerzas, por no mencionar la plata, se acaba, que esa cosa de luchador empedernido, ese mito que se reforzó con el tema de los mineros, tiene su límite, de que, sí, que el Estado debería apoyar a sus ciudadanos, a los afectados por el terremoto, a los magallánicos, a ese que tiene el sueldo minímo y que gasta un tercio de su sueldo en transporte "público". El Estado chileno ha abandonado a su pueblo. No se hasta cuándo se puede resistir esta angustia de vivir en el desamparo, peor, en medio del desamparo de un sistema de mercado que lo regula todo, todo.
lunes, 10 de enero de 2011
Reconstruir
Llevamos varios días dedicados a reparar la casa de Santiago de Chile, que sufrió algunos daños con el terremoto. Entre otras cosas, hemos ido desarrollando técnicas de reparación para muros de adobe, cielos rasos de tela y las innumerables grietas que se encuentran en casi todas las juntas: de muro con muro, de cielo raso con muro, de marcos con muros... Por un lado, esta casa de casi cien años, lo que es mucho para un país con tanto movimiento, tenía una serie de capas de papeles murales y pinturas que, resecas con el tiempo, se rajaron en varios puntos con el movimiento; por otro lado, dicen quee estos terrenos cayeron unos centímetros en la parte posterior, por lo que, si uno es cuidadoso y conocía la casa, se da cuenta de pequeños descuadres. La técnica más efectiva que hemos desarrollado para revocar los muros de adobe, ha sido una mezcla de cemento y adobe (en proporción de 1 a 4) que después empapelamos con papel volantín (papel cometa) antes de darle una capa de pasta de muro (o enduido). Para reparar los cielos rasos, cortamos lino a la medida y lo pegamos con cemento de contacto, luego una delgada capa de enduido antes de pintar: queda perfecto.
Mientras tanto, es decir al mismo tiempo, desarrollo una nueva faceta tuerca con el Land Rover del año 80. En estos pocos días, desde que lo retiré desde el galpón donde un amigo me lo guardó por un año, he aprendido bastante. La idea es aprender los suficiente no solo para emergencias en los viajes que imagino, sino para ir mejorándolo poco a poco en sus detalles. Se parece mucho a Walle-e comparadado con los jeeps nuevos, tiene un aspecto potente pero tierno a la vez.
Mientras tanto, es decir al mismo tiempo, desarrollo una nueva faceta tuerca con el Land Rover del año 80. En estos pocos días, desde que lo retiré desde el galpón donde un amigo me lo guardó por un año, he aprendido bastante. La idea es aprender los suficiente no solo para emergencias en los viajes que imagino, sino para ir mejorándolo poco a poco en sus detalles. Se parece mucho a Walle-e comparadado con los jeeps nuevos, tiene un aspecto potente pero tierno a la vez.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Naufragio
Estoy en el barco que se hunde. Yo soy, por supuesto, el barco. Lo que no se hizo a tiempo ya no se hizo ¿cómo se los explico a mis hijos? No les puedo transmitir el dolor que en estos momentos siento. Alguna vez pensé, llorando tirada arañando el suelo, que no volvería a experimentar ese sufrimiento: el tipo que pensaba que amaba me acababa de decir que ni me amaba ni nunca me había amado. Después me di cuenta que tampoco yo lo amaba tanto como creía: dudo, de facto, si he amado a alguien alguna vez. Ahora no se trata de amor, se trata de una vida que se me va, de que las oportunidades ya están a miles de metros bajo el agua, imposible recuperarlas ¿qué mierda hice todos esos años? Me las di de rebelde y de anarca, de humilde y de ermitaña, de asistemática del mundo ¿para qué? Para darme cuenta de que la falta da ambición y de sociabilidad, de visibilidad, me cuestan tan caro a mi intenciones, intenciones que a estas alturas ya no tienen sentido. No sé si quiera si vale la pena preguntarse si lo hago tan mal o demasido bien, quedé fuera del circuito y me eso me pesa ahora. Estoy cansada. No quiero luchar más porque ya no vale la pena. Ya es tarde. Perdí todo ese tiempo valioso que es la juventud y no sé cómo explicárselo a mi hijo para que no le pase lo mismo y un día, cuando sea demasiado tarde, se de cuenta de que perdió todo.
martes, 9 de noviembre de 2010
Comunicarse
Estoy cansada, siento que el horizonte se desvanece y que la comunicación es imposible; hastiada de los diálogos circulares o, no sé si se puede aplicar a una conversación: obtusos; aburrida de la enunciación de ideas cerradas e irreflexivas: "no me querés" por "no me siento querido", "me ignorás" por "me siento ignorado", "no me llamás" por "me gustaría que me llamaras", solo por citar las más simples y breves; fastiadiada de esa tendencia de echarle la culpa al otro de como uno se siente y no ser capaz de verlo, no reconocer que todo lo que le pasa a uno, todo lo que uno siente, no tiene nada que ver con lo exterior, ni menos con las personas que nos rodean, que no podemos pedir que nos quieran o nos traten como uno desearía porque el otro es eso: OTRO, que siente diferente, que ama diferente, que se expresa diferente y, me parece, lo fundamental es poder expresarse con espontaneidad, al menos en casa, ya que hay tantos otros ámbitos donde la obligación nos censura y mata de a poco.
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