lunes, 22 de noviembre de 2010
Naufragio
Estoy en el barco que se hunde. Yo soy, por supuesto, el barco. Lo que no se hizo a tiempo ya no se hizo ¿cómo se los explico a mis hijos? No les puedo transmitir el dolor que en estos momentos siento. Alguna vez pensé, llorando tirada arañando el suelo, que no volvería a experimentar ese sufrimiento: el tipo que pensaba que amaba me acababa de decir que ni me amaba ni nunca me había amado. Después me di cuenta que tampoco yo lo amaba tanto como creía: dudo, de facto, si he amado a alguien alguna vez. Ahora no se trata de amor, se trata de una vida que se me va, de que las oportunidades ya están a miles de metros bajo el agua, imposible recuperarlas ¿qué mierda hice todos esos años? Me las di de rebelde y de anarca, de humilde y de ermitaña, de asistemática del mundo ¿para qué? Para darme cuenta de que la falta da ambición y de sociabilidad, de visibilidad, me cuestan tan caro a mi intenciones, intenciones que a estas alturas ya no tienen sentido. No sé si quiera si vale la pena preguntarse si lo hago tan mal o demasido bien, quedé fuera del circuito y me eso me pesa ahora. Estoy cansada. No quiero luchar más porque ya no vale la pena. Ya es tarde. Perdí todo ese tiempo valioso que es la juventud y no sé cómo explicárselo a mi hijo para que no le pase lo mismo y un día, cuando sea demasiado tarde, se de cuenta de que perdió todo.
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