Hace un par de años tendí a mi hija sobre papel mantequilla (manteca le dicen acá), tracé su contorno e hice una muñeca de trapo de su tamaño, rellena con lana natural, para que se entretuviera vistiéndola con su ropa. Desde entonces no se pudo separar de ella, cosa que le molestaba bastante al padre cuando la llevaba en bicicleta o emprendían largos viajes en un pequeño auto que usaban entonces la familia de él. Tampoco la podía llevar al colegio porque allá tienen otra idea sobre la educación y supongo que tendrían poderosas razones didácticas y disciplinarias para prohibirle el ingreso de semejante muñeca (tampoco permitían juguetes pequeños, pero esos se podían esconder al fondo de la mochila). En fin. A donde iba mi hija llevaba a su Alejandra y podía pasar muchísimas horas con ella y otros muñecos de trapo jugando.
Hasta hace un par de días.
Mientras estudiaba en mi tallercito del fondo, llegó llorando con Alejandra en los brazos.
– ¿Qué te pasa?
– Es que no puedo jugar con Alejandra.
_ ¿Por qué?
_ Porque algo me lo impide.
_ ¿Qué es lo que te impide jugar con ella?
_ No sé.
Lloraba.
– Algo en mi interior, algo en mi interior ya no me deja jugar con ella, aunque lo intente.
Lloraba más.
– Lo intento, pero ya no puedo, aunque yo la quiero, yo la amo, pero algo en mi interior me dice que ella ya no tiene vida propia.
Lloró más amargamente.
Me fui a la facultad, pero supe que estuvo así muchas horas, por intervalos que subían y bajaban.
Ayer ya no vi a Alejandra sobre la cama.
– ¿Y Alejandra?
– La escondí...
_ ¿...?
– Es que no soporto la pena de ya no poder jugar con ella.
viernes, 8 de octubre de 2010
martes, 5 de octubre de 2010
Recuerdo: a los veintitantos todo era potencia: Nir, el israelita que me llevé a casa (cuando yo tenía casa y podía disponer de ella y de mis amantes, cuando, peor aún, tenía amantes) me aplastaba contra la escalera que conduce a la terraza y apenas si me daba cuenta de que el borde de los escalones se me incrustaban en la carne y me rasguñaban con sus imperfecciones: Nir tenía un cuerpo hermoso y un pene fenomenal (le saqué muchas fotos desnudo en el desierto cuando estudiaba fotografía) que me distraía de cualquier dolor supérfluo. No recuerdo tanto placer porque debido a él me desmayé. ¡Cómo debe de haber sido! Ahora lo rememoro como una imagen del cine, afuera de mi, como si hubiesen sido otros los personajes, no yo, ahí, llena de placer, experimentando la pétit morte mejor que en cualquier ensayo medio moribundo de palabras.
Me consuelo: al menos viví tanta pasión, al menos no dejé pasar los años en pos de ideales de virginidad y fidelidad.
Me desespero: a los días (o semanas) Nir se fue a Bolivia. Lloré mucho. Lloré veinticuatro horas seguidas sin parar, masturbándome en el baño del bus a cada rato. Lloré. Supongo que lloré porque ya me daba cuenta de que, después, solo algunos años después, todo iba a ser el recuerdo de otra persona describiendo la escena de una película que vio hace años en el cine ¿te acordás?
Ya ni la experiencia es mía o no la puedo volver a imitar.
Me consuelo: al menos viví tanta pasión, al menos no dejé pasar los años en pos de ideales de virginidad y fidelidad.
Me desespero: a los días (o semanas) Nir se fue a Bolivia. Lloré mucho. Lloré veinticuatro horas seguidas sin parar, masturbándome en el baño del bus a cada rato. Lloré. Supongo que lloré porque ya me daba cuenta de que, después, solo algunos años después, todo iba a ser el recuerdo de otra persona describiendo la escena de una película que vio hace años en el cine ¿te acordás?
Ya ni la experiencia es mía o no la puedo volver a imitar.
jueves, 16 de septiembre de 2010
Cuarentena
Ya existe algo así: los escritores, o aspirantes a tales, se encierran por algo de tres meses en un lugar utópico para concentrarse en sus ideas y escribir. Las experiencias que he conocido no arrojan un libro al final de la cuarentena literaria, pero sí otras valiosas meditaciones (algunos decidirán que no están para tanta boludez).
Es curioso que un escritor sentencie que escribir es una boludez. Uno tiende a no creerle. Un amigo afirma que, en realidad, cuando un escritor dice que odia escribir no hay que tomarlo literalmente, si no paradojalmente ¿acaso odiar no es lo mismo que amar? Sigo pensando que el retruécano barroco no es verdadero. Más bien creo que responde a la pose de autor, por más que muchos insistan en la teoría de la muerte del autor todavía.
Me parece curioso, además, que todavía se identifique a la figura de autor con el tipo ése que, además, de escribir, tiene una vida totalmente ajena al personaje que ha inventado y que se le siga creyendo "real" cuando no es más que la "ficción" que ha construido sobre la base de algunos hechos "reales" innegables (que el tipo nació tal año, que a los cinco se le murió el padre, que a los veinte lo atropelló un tren dejándolo con una pierna menos, por ejemplo).
Son patrañas ficcionales, entretenidas por lo demás, si se lo toma por lo que es: patrañas ficcionales.
A veces ni es necesario esforzarse en crear una figura de autor. Me parece que la mayoría de los escritores son tal porque gozan más en la intimidad solitaria que haciendo vida social. Escribir es una buena excusa para no salir y quedarse solo, sin que nadie le hable. Yo también lo hago. Es una suerte de espantahumanos. Me encierro (me encerraba, ahora no tengo dónde encerrarme) en mi estudio y cerraba la puerta de vidrio. Estando así, todos los que transitaban por la casa (madre siempre presente, hijos, visitas inesperadas o esperadas) sabían que no podían ni acercarse al estudio. A veces ni siquiera escribía, sólo quería estar sola y tranquila. Claro que ahora no puedo. No hay dónde refugiarse. Lo más cercano que he encontrado es plantarme los audífonos para señalizar que no quiero que me molesten, que estoy pensando. No muy a menudo lo logro. A veces son los gritos de mis hijos. Otras, las atenciones de mi compañero.
Aún así, al borde de la cuarentena, tiene que salir algo, antes de que se me acabe el plazo y siga queriendo ser "escritora", como en la Vida Nueva de C. Aira, sin lograrlo nunca.
Es curioso que un escritor sentencie que escribir es una boludez. Uno tiende a no creerle. Un amigo afirma que, en realidad, cuando un escritor dice que odia escribir no hay que tomarlo literalmente, si no paradojalmente ¿acaso odiar no es lo mismo que amar? Sigo pensando que el retruécano barroco no es verdadero. Más bien creo que responde a la pose de autor, por más que muchos insistan en la teoría de la muerte del autor todavía.
Me parece curioso, además, que todavía se identifique a la figura de autor con el tipo ése que, además, de escribir, tiene una vida totalmente ajena al personaje que ha inventado y que se le siga creyendo "real" cuando no es más que la "ficción" que ha construido sobre la base de algunos hechos "reales" innegables (que el tipo nació tal año, que a los cinco se le murió el padre, que a los veinte lo atropelló un tren dejándolo con una pierna menos, por ejemplo).
Son patrañas ficcionales, entretenidas por lo demás, si se lo toma por lo que es: patrañas ficcionales.
A veces ni es necesario esforzarse en crear una figura de autor. Me parece que la mayoría de los escritores son tal porque gozan más en la intimidad solitaria que haciendo vida social. Escribir es una buena excusa para no salir y quedarse solo, sin que nadie le hable. Yo también lo hago. Es una suerte de espantahumanos. Me encierro (me encerraba, ahora no tengo dónde encerrarme) en mi estudio y cerraba la puerta de vidrio. Estando así, todos los que transitaban por la casa (madre siempre presente, hijos, visitas inesperadas o esperadas) sabían que no podían ni acercarse al estudio. A veces ni siquiera escribía, sólo quería estar sola y tranquila. Claro que ahora no puedo. No hay dónde refugiarse. Lo más cercano que he encontrado es plantarme los audífonos para señalizar que no quiero que me molesten, que estoy pensando. No muy a menudo lo logro. A veces son los gritos de mis hijos. Otras, las atenciones de mi compañero.
Aún así, al borde de la cuarentena, tiene que salir algo, antes de que se me acabe el plazo y siga queriendo ser "escritora", como en la Vida Nueva de C. Aira, sin lograrlo nunca.
martes, 7 de septiembre de 2010
Amalia
Debía de regresar a casa porque allá, a esa hora, están terminando la mayoría de las clases en la facultad. No sé ni puedo saber bien qué sucedió, pero después de todo, a lo que si se puede llamar final, su final, deseé que al menos se hubieran encontrado sus miradas. No lo podré saber ni lo preguntaré. Al menos que viera el resto de vida en sus ojos. Al menos que viera los ojos maternos que la acompañaran en la última convulsión. No estar sola. Que no estuviera sola. Que la pudiese acompañar mientras moría. Es lo yo que yo quisiera si uno de mis hijos muriese: mirar esos mismos ojos que contemplé cuando nacieron y darles el apoyo que se necesita para nacer y para morir. Después, habría que ver si uno puede seguir viviendo o, acaso, también es nuestro final.
martes, 3 de agosto de 2010
Vivir en Buenos Aires
A veces, en Santiago de Chile, no quiero seguir viviendo. Me pasa cada vez que estoy allá. Bebo un par de cervezas combinada con un poco de conversación y empieza a latir el deseo de desaparecer al mismo tiempo que el sin sentido adquiere dimensiones aplastantes. En cambio, en Buenos Aires, ciudad que algunos consideran ingrata, dura, amenazante, me dejo llevar por sus callecitas ruidosas y el saludo cotidiano del vecino: el verdulero de la otra cuadra, el mecánico amante de los gatos, la portera del lado, varios padres y madres del colegio de mi hija, el carnicero del mercadito de los chinos, el mozo del bar de la esquina, el cajero del banco de la vuelta, la señora y su perra del almacencito, el kiosquero que vende miel, la profesora de música para niños, la veterinaria de la calle Serrano con su perra Brigitte que, en las mañanas, trabaja en las escuelas especiales (Brigitte, no la dueña) y los amigos que viven cerca: Dani, Ana, Euche y toda la secuela de extranjeros que viven o han pasado por la casa de Omar, también en la calle Serrano. La vida en Buenos Aires fluye sin dificultades existenciales, el sol, aunque esté frío, entibia, el aire un poco helado en invierno refresca aunque el 55 no se detenga a tomar pasajeros, la vida con Pablo aunque con desajustes y falencias es un agradable cable a tierra. Algo sí tiene sentido en esta ciudad que me borra el deseo de no seguir viviendo, a pesar de mi insignificancia.
lunes, 19 de julio de 2010
País del orto
De pronto lo comprendí todo. Estaba iracunda. Sentía una humillación que empujaba a golpear sillas y mesas y gritar lo imbéciles que son todos, que bien se merecen el empresario que tienen por Presidente, sí, ustedes, no yo, porque yo ya no me siento parte de este país ni quiero volver, quédense en su mundillo de las apariencias, del clasismo y la competitividad, quédense con sus restoranes y cafés y bares discriminadores donde se admiten a los fumadores pero no a los niños, y con sus colegios de jornada completa, encierren a sus hijos es esas instituciones militarizadas desde las 8 de la mañana a las 5 de la tarde y sigan siendo los mismos ignorantes eficientes, los mismos chauvinistas de poca monta que quieren creer que le han ganado a alguien, son tan poca cosa, siempre atrás ¿no se dan cuenta? siempre atrás incluso de los pares, pequeña aldea de amargados, me quedo con la Cordillera de los Andes nevada y los mariscos y pescados del Pacífico, pero para eso no necesito ser de este país, ni vivir en este país, solo venir de vez en cuando, como turista ajena, a comer sola, porque aquí a los niños no se los admite en los restoranes porque se le da preferencia a los fumadores, así es. Lo peor de todo es que tendré sin problemas una legión contra mí, porque ya lo he discutido antes y aquí, este paísito a eso se la llama "libertad", pero claramente una libertad para unos, los fumadores, y no para otros. Otros, los niños y quienes los cuidamos y gozamos, no tenemos derecho a la libertad.
jueves, 1 de julio de 2010
Ramirez
Hace un año que está botado en la calle el auto de Ramirez. A nosotros en el barrio nos preocupa. No es que en esta ciudad uno no suela encontrarse con vehículos en descomposición al borde las de las veredas. Lo que nos preocupa es que sea el auto de Ramirez. La otra noche vimos a un sujeto, otro sujeto, no Ramirez, dormir en el auto. Mi mujer mi dijo, con razón, que peor hubiera sido que fuera Ramirez el que dormía en su auto abandonado. En realidad, el que nos preocupa es Ramirez, no su auto, aunque es una buena máquina, no está vieja, es un Volkswagen Gol que, si no estuviera botado en la calle, o si estuviera cuidado, se vería como nuevo. Lo que nos cuesta entender en el barrio es que Ramirez, un buen sujeto, casado con una extranjera, varios chicos (todavía no sabemos quién es de quién, pero a todos los trata como a sus hijos), un tipo más o menos simpático (no sabemos por qué detesta a don Juan, el verdulero, eso sí, o por qué siempre termina discutiendo con los taxistas, que lo echan del automóvil, o tampoco sabemos por qué esquiva, siempre que puede, a Bossi, el padre de la chiquita del 1039), bueno, que Ramirez deje de un día para otro su auto botado en la calle por un año entero. Supimos que, además, varias semanas estuvo bloqueando la bajada para minusválidos, lo que le ha costado también varias multas. Yo mismo, con Soto, escuchamos a la mujer, una mañana, al pasar, decirle a Ramirez "pero, hombre, mové ese auto de ahí, que te van a cobrar una infracción", "¡Qué me van a cobrar nada, si son los boludos del gas que lo corrieron para romper el pavimento!", "Ah, sí, claro, no le vayan a cobrar a Metrogas la infracción de tu auto..."
Pero no hizo nada. Ahí siguió el auto hasta que una tarde la mujer y los chicos lo empujaron algunos metros hasta dejar liberado el paso de peatones con su bajada para minusválidos. Se veía furiosa, la mujer. Ya había acumulado más de diez infracciones. Pobre Ramirez. No entendemos tanto desgano ¿no estará deprimido? Quizás deba a volver a la terapia que dejó hace cinco años. Porque pobre no se ve Ramirez. Tiene una buena chaqueta y un bolso de cuero de esos caros, además la casa es de las grandes, con patio y jardín y todo... Aunque nunca se sabe. No sabemos, pero nos preocupa en el barrio. Mi mujer, que para muchas cosas es una sabia, me dice que un día va a perder a la mujer y todo. Ahí si que se nos deprime el hombre, se viene abajo, pierde todo, es él el que termina durmiendo en el auto abandonado. Tal vez deberíamos quemarle el auto. Sí, eso pasa a veces, autos quemándose en la calle, nada fuera de lo común. Al menos logramos que cobre el seguro. Y que no pierda a su mujer por tanta desidia. Por ahí le hace un buen regalito con la plata del seguro.
Pero no hizo nada. Ahí siguió el auto hasta que una tarde la mujer y los chicos lo empujaron algunos metros hasta dejar liberado el paso de peatones con su bajada para minusválidos. Se veía furiosa, la mujer. Ya había acumulado más de diez infracciones. Pobre Ramirez. No entendemos tanto desgano ¿no estará deprimido? Quizás deba a volver a la terapia que dejó hace cinco años. Porque pobre no se ve Ramirez. Tiene una buena chaqueta y un bolso de cuero de esos caros, además la casa es de las grandes, con patio y jardín y todo... Aunque nunca se sabe. No sabemos, pero nos preocupa en el barrio. Mi mujer, que para muchas cosas es una sabia, me dice que un día va a perder a la mujer y todo. Ahí si que se nos deprime el hombre, se viene abajo, pierde todo, es él el que termina durmiendo en el auto abandonado. Tal vez deberíamos quemarle el auto. Sí, eso pasa a veces, autos quemándose en la calle, nada fuera de lo común. Al menos logramos que cobre el seguro. Y que no pierda a su mujer por tanta desidia. Por ahí le hace un buen regalito con la plata del seguro.
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