martes, 7 de septiembre de 2010

Amalia

Debía de regresar a casa porque allá, a esa hora, están terminando la mayoría de las clases en la facultad. No sé ni puedo saber bien qué sucedió, pero después de todo, a lo que si se puede llamar final, su final, deseé que al menos se hubieran encontrado sus miradas. No lo podré saber ni lo preguntaré. Al menos que viera el resto de vida en sus ojos. Al menos que viera los ojos maternos que la acompañaran en la última convulsión. No estar sola. Que no estuviera sola. Que la pudiese acompañar mientras moría. Es lo yo que yo quisiera si uno de mis hijos muriese: mirar esos mismos ojos que contemplé cuando nacieron y darles el apoyo que se necesita para nacer y para morir. Después, habría que ver si uno puede seguir viviendo o, acaso, también es nuestro final.

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