jueves, 7 de enero de 2010

Parálisis

Anoche sufrí una parálisis existencial. Hace tiempo no me sucedía. Estaba tendida en la cama y ya no sabía nada de mí. De pronto sentí el peso enorme de todos mis errores, el brillo que fui extinguiendo, los caminos equivocados, el miedo y la ausencia de valor. Quise mirar para adelante y solo vi la drástica disminución de oportunidades. Nada. No podía dormir y, sin embargo, era una noche perfecta para dejar de respirar y morir. No hay nada adelante. Nada de lo que siempre quise y en lo que siempre creí posible para mi vida. Mi hija estaba a mi lado. Sería horrible que en la mañana se encontrara con mi cadáver como Lili se encontró con el de Oscar, mientras lo trataba de despertar para el desayuno de un día más. Dicen que tenía un rostro plácido. Eso sirve de consuelo para creer que murió satisfecho. Estoy segura que, a pesar de la angustia nocturna, yo también tenía la placidez impresa en mi cara. Nadie sabría lo último que pensé, que era nada menos que el fracaso en que me siento. Hubiese querido escribir "en esta (última) noche me atormentan pensamientos oscuros..." que ya no me atrevería a dejar como testimonio en un diario, expuesto a continuo riesgo de la exposición. Desde que murió Oscar dejé de obsesionarme por mi jardín porteño al otro lado de su jardín porteño. Era gris y violeta, frente al Pacífico, en un cerro de Valparaíso. Al morir ciertas personas nadie nota su ausencia, su muerte no se refleja en nada. Otras, en cambio, dejan un enorme vacío en todas las cosas que construyeron y que agonizan por mucho tiempo después pero irremediablemente se desvanecen. El jardín del puerto. Me equivoqué demasiado. Supongo que no es más que una crisis de la edad. Justamente. A esta edad no he construido nada. No pude dormir pero tampoco me atreví a escribir.

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