domingo, 22 de noviembre de 2009

Otra ventana

Esta otra ventana, la de mi cuarto, da a la calle, en un casa antigua de fachada antigua. Apenas se abre para que los paseantes, los transeúntes, los caminantes de veredas, no miren al interior. No dejar ver aquí significa no poder ver. Los días de viento, se abren las alas, pero se cierran las persianas. Está oscuro y fresco. En las noches de fines de semana se puede escuchar a algo que parece una multitud multinacional que habla en variados idiomas, mujeres alegres o parejas que comentan un espectáculo o la comida del restorán armenio o peruano o mexicano. Debe de haber un hostal muy cerca. Siempre parecen devolverse hacia Corrientes. Las noches de semana es bastante silencioso, pero no tanto como allá. Nunca falta el olor a levadura caliente, que se extiende por toda la cuadra desde una panadería que hay en Loyola. Me gusta dormirme con el aroma a levadura caliente, tiene la suavidad de una cuna o de un vientre. Últimamente también me despierto a las cinco de la mañana, con el canto de muchísimos y diversos pájaros. A eso de las seis y media o las aves se vuelven más silenciosas o el ruido de la ciudad, crescendo, las enmudece. Nunca veo por mi ventana más que un trocito cuadrado de hojas verdes que, por fortuna, casi siempre están en movimiento.

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