jueves, 20 de mayo de 2010

(Ejercicio escritural, Maestría UBA)

A mi escritura le falta relleno. La imagen que tengo es ésta: soy una niña que, en domingo de resurrección, sale al jardín en busca de los huevos de chocolate del conejo. En medio de los rosales de mi abuela hay un gran huevo envuelto en papel brillante y corro a buscarlo, lo tomo con ansiedad, aunque no pienso comérmelo si no guardarlo. Siento la primera decepción: está un poco liviano para ser tan grande ¿no? Efectivamente, cuando más tarde o un par de días después lo abro y lo muerdo me doy cuenta de que está hueco: un gran huevo de chocolate hueco: mi escritura hueca.

De todas maneras tengo otras habilidades que he ido desarrollando a lo largo de los años de escritura, he perfeccionado la técnica y manejo la redacción, el estilo y la estructura interna del texto. De esta manera, a punta de cumplir reglas y normas y preceptos puedo construir el armado de un texto sin demasiadas falencias. Sin embargo, a mi escritura no solo le falta relleno si no que también profundidad. En este sentido, es como una fotografía perfecta: elegí con cuidado la situación de luz, medí con meticulosidad los diferentes puntos de la escena, después revelé en el laboratorio con las temperaturas, los tiempos y las proporciones químicas justas, amplié los negativos una y otra vez hasta que obtuve la imagen perfecta: una escena en blanco y negro, donde se pueden encontrar los siete matices de gris requeridos por toda buena fotografía, aún si se trata de una imagen de alto contraste. Está perfecta y está hermosa. Está hermosa. Está hermosa. A la tercera mirada, a la quinta o sexta si somos generosos, ya no se ve nada porque no hay nada salvo una imagen perfecta y hermosa en términos de composición y de técnica, que se agota en sí misma. No hay otros niveles de lectura, podríamos decir, o no tiene mensaje alguno, no me dice nada, pensamos si somos más simples. Lo resumo otra vez: mi escritura no tiene profundidad.

Quisiera que mi escritura fuera una Olympia. No cualquier Olympia, si no aquella de la mirada ausente pero penetrante, recostada sobre unos almohadones con una sensualidad plácida y fervorosa, desnuda y aún así con pequeños detalles que la visten de misterio: la delgada cinta negra en el cuello, la flor en el pelo, la pulsera en un brazo y los tacones en los pies, que realzan la belleza de su cuerpo desnudo como una escritura que uno quisiera recorrer, delinear con la punta de los dedos, apenas tocando pero sin ignorar que bajo esa piel hay una carne densa y nerviosa, que más allá de esos ojos hay algo que no podemos descifrar pero intuimos: una Olympia de la escritura, bella, profunda, sensual, misteriosa, densa, inabordable e inabarcable.

SI NO SICARIA, OLYMPIA DE LA ESCRITURA

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