Será la edad o será la falta de rutinas y horarios del verano la que no me deja dormir en las noches. A veces es la angustia la que revoletea en mi cuarto golpeándose contra una ventana, otras un fantaseo interminable de posibles vidas que hubiese querido o todavía quiero vivir.
Anoche viajaba en un jeep desde Santiago a Buenos Aires. Puesto que recién he aprendido a conducir, le he pedido a Ángel que me cruce hasta Mendoza y luego, desde allí, seguir sola por la pampa con los niños hasta llegar a la gran urbe. En el camino acampamos, nos asaltaron, nos detuvimos en un pueblito y almorzamos. Es un largo camino, pero no tan extenso como lo que nos espera después, recorriendo rutas por Argentina, Bolivia, Ecuador y Colombia o cruzando a lo largo Chile, desde el norte hasta Rupanco para luego cruzar por el paso Puyehue hacia los Siete Lagos en Argentina, con nuetro jeep cargado de herramientas, carpa, cocinilla, sacos, la gata, la compu (porque no puedo dejar de trabajar, por supuesto).
Anhelo la aventura, el cambio, los paisajes nuevos. El sueño es reparador.
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