miércoles, 22 de junio de 2011

Tiempo de leer

¿En qué momento me puse tan vieja y fea?
¿En qué momento se dejaron de escribir cartas y el correo se transformó en el mensajero de telegramas?
¿Cuándo me convertí en el opaco reflejo de mi misma?
¿Cuándo desapareció de mi vida la pasión?
Y los cuentos y las novelas y los ensayos que nunca comprendí, los que no leí, los que me pasaron por encima, los que dejaron huellas equivocadas y los que no dejaron nada, que ya no me acuerdo, quizás porque nunca supe leer, quizás porque de chica, cuando lloraba al entrar a la primaria porque tenía miedo de no aprender a leer, quizás, quizás tenía la intuición de que leer era algo más que juntar signos y pronunciarlos y sentía que nunca nunca en mi vida aprendería a hacer algo tan difícil. Y escribir, escribir no me asustaba porque era como dibujar y siempre fui buena en eso, dibujando trazos, líneas rectas y curvas, siempre era la mejor en plástica, la que dibujaba retratos de sus compañeras para cambiárselos a los chicos por comida, o tareas, o un tejido que no lograba sacar, o en una emergencia por ayuda durante una prueba, aunque entonces yo era la que ayudaba en las pruebas, nos cambiábamos las hojas de preguntas y las contestaba, las mías y las de un par de compañeros si alcanzaba. Eso fue después, claro, en tercer o cuarto grado, cuando creía que había aprendido a leer.

Pero nunca supe. Y todavía no sé. Ahora que estoy vieja, manchada y arrugada.

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