jueves, 16 de junio de 2011

La mujer sensual del frente

        Quise imaginar a una mujer sensual que se asomaba, en camisón, a la puerta  de su casa. Era necesario que yo, por lo tanto, mirara por la ventana de la calle y así lo hice con los ojos cerrados. Entonces ví a la señora Adriana, una vieja tan vieja como podía ser mi abuela, medio renga, parada en la vereda, con su bastón y sus lentes poto'e botella. Tenía casi al frente de nosotras, un poco a la derecha, una gran casa roja de más del doble de ancho que la norma ,que por entonces en aquel barrio rondaría los doce metros. Una casa central, muy ancha, y dos casitas laterales, tipo chorizo, que se alargaban hasta el fondo de la propiedad. Cada una de ellas tenía al final un patio de baldosas, siendo el de la casa del medio privilegiado con un jardín y una pequeña habitación contra la medianera del fondo, cuartucho donde, recordé, de chica me sentaba en ancas sobre el pubis de un primo lejano, sintiendo bajo el pantalón un miembro más grande de los muchos que he visto (sentido) en estos últimos años. Claro que el primo lejano tendría unos quince años. Mi abuela tenía la costumbre de traerse parientes jóvenes del campo a la capital para ayudarlos a estudiar. Privilegiaba a los hombres. Al parecer tuvo malas experiencias con las mujeres que, asumo en el presente, salieron todas bastante fiacas. Así que durante mi infancia en la casa de mi abuela transitaron una serie de primos lejanos jóvenes llenos de vitalidad. Por mi parte era una pequeña nínfula déspota. Casi demás está decir que no me daba cuenta de ello. Puesto que me recuerdo más bien gordita, supongo que la gordura no tiene nada que ver con la atracción sexual. En todo caso, no me preocupaba de mi cuerpo entonces y sí de obtener favores a cambio de una pequeña moneda de índole sexual: uno de ellos pasó por lo menos una tarde entera jugando conmigo a la pelota en el jardín de mi abuela para que finalmente yo accediera a que tocara con sus labios mis labios vaginales. No es seguro que haya sido una vez, ya que, como todos sabemos, el tiempo de los niños es muy diferente y los recuerdos generalmente se construyen sobre la base de la repetición sistemática de una accción. De lo que se desprende que (a) ese primo lejano pasó muchas tardes jugando a la pelota para obtener cada vez un beso o (b) que pasó muchas tardes para obtener un único beso. El primo sobre el que me sentaba en ancas no sé qué tuvo que hacer, pero se me viene a la mente una actitud que me molestaba mucho: cuando caminábamos por la calle tenía la manía de hacerme caminar por el lado interior de la vereda. Yo no entendía su empeño, pero me olía un poco a apropiación de mi persona (¿cómo osaba si quiera a decirme por dónde yo tenía que caminar?) y las caminatas se transformaban en peleas continuas sobre mi derecho a decidir qué hacer conmigo misma: yo caminaba por dónde y cómo quisiera. Él, por su parte, que era del campo, debe de haber tenido muy interiorizado este acto de buena educación hacia la mujer e insistía en su posición, con lo que lograba que yo llegara furiosa a casa, gritando que ya no lo quería más en casa a ese canalla que se apropiaba de mis derechos. Supongo que por eso terminó viviendo en la casa del frente, la de la señora Adriana, amiga de mi abuela, que le arrendaba el sector central de la propiedad a una parientas cuya relación con nosotras se me pierde en la oscuridad de los tiempos que no conocí. A otro lo tuve (o lo tenía, vaya a saber) sujetando por horas la antena del viejo televisor, de esos de madera, con lamparillas atrás que, cuando se apagaba, quedaba la imagen suspendida en un punto luminoso al centro de la pantalla. La señal era, por entonces, particularmente débil y costaba muchísimo encontrar la posición de la antena que permitiera ver las imágenes; es más, creo que mi este otro primo lejano era en sí la antena que capturaba la señal. Veía La leona de dos mundos, el Correcaminos, Lassie, Perdidos en el Espacio, no sé si uno por vez o uno cada día. En el primer caso, el muchacho no sé cómo no se fastidiaba. El trueque para áquel era sentarme sobre sus faldas mientras trabajaba mecanografiando los escritos legales de mi abuela. Nunca quise darle un beso, eso sí, pero me agradaba sentir entre mis piernas el bulto de su pene erecto.
        Lástima que no haya sabido desde entonces hasta cierta edad que el placer que me daba el sexo y la sexualidad era legítimo. Por muchos años lo viví con culpa. Me encantaba acostarme con los hombres, sobre todo con aquellos particularmente sabihondos e inteligentes, pero asumía la promiscuidad con su connotación negativa y busqué, en una época, explicaciones de índole psicoanalítica. Pura basura, claro está. Quizás si hubiese nacido en otra cultura más abierta y libre y espontánea y alegre el sexo habría sido la maravilla que hubiese sido sin culpa. Ahora resulta que ya no es tan fácil tener sexo exquisito como ése. Alguna vez escuché que los cuarenta años eran la mejor época sexual para la mujer. O ésa es una mentira despiada para que aceptemos con cierta dignidad y esperanza el envejecimiento, o yo soy la desastrosa excepción a la regla. Las poquisímas veces que tengo sexo no lo disfruto: ha llegado a ser una inversión de energía que no se capitaliza en placer, por decirlo en términos de mercado. Por un lado, ya no disfruto mi cuerpo como antes (me da hasta pena verlo a veces, no me reconozco), pero tampoco disfruto el de los posibles compañeros, todos adquirientes de unas honrosas panzas que, en el mejor de los casos, están tónicas. Ni hablar del miembro en cuestión, pequeños, fláccidos, breves sino efímeros. Nada como esas erecciones de los primos lejanos; aunque para ser justos hay que admitir que los primos tenían quince años y yo era más chica, así que quizás las proporciones no sean válidas en la comparación. El asunto está difícil hoy por hoy, me digo yo, las probabilidades son bajas. Así que de la mujer que se asomaba a ver a otra mujer sensual, de pronto yo era la niña de mi abuela, asomada a la ventana de una casa de fachada continua en Ñuñoa, saludando a un primo lejano que me llamaba de la casa roja de enfrente. Y mi abuela me dejaba ir a tomar la merienda a la casa de mi tía Lucrecia. Sólo tenía que tener cuidado al atravesar la calle.

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