Llegué y la puerta estaba cerrada. Llegué y la puerta de mi casa estaba cerrada. Llegué y la puerta de mi casa estaba cerrada por dentro. Traté de abrirla. Estaba cerrada. Grité. Nadie de adentro la abrió. Golpée la puerta de mi casa cerrada por dentro, pero ni se abrió ni la abrieron. Patié la puerta cerrada y se abrió de un golpe. Entré iracunda, gritando, llorando porque me habían dejado afuera de mi casa. Golpeé con más ira otra puerta de la que ya no consideraba mi casa y ella, con su grueso y filoso vidrio, me cortó el brazo, la muy puta.
Después de esa noche ya nada será lo mismo (aunque, en rigor, nunca nada puede ser lo mismo); es decir: después de esa noche perdí la esperanza. Y una cicatriz en el brazo me lo recordará siempre.
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