domingo, 31 de enero de 2010
Amor, hijos, escritura
Montaigne despreciaba el amor a los hijos porque no dependía de la voluntad, pero después admite que el amor en absoluto depende de nuestra libertad de elegir, el amor se da, no se elige, aunque después de que surge uno pueda elegir cómo amar en libertad. Eso, por supuesto, me hizo pensar en el amor (el apego, el vínculo, la dependencia) que tengo de mis hijos, así como con otras personas (la pasión, la hermandad, o sus opuestos). En estos días, en que mis niños están lejos, no puedo dejar de pensar en sus risas y en sus ideas infantiles. Me dice que la vida es buena sin los niños rondando, pero no lo es, no es estoy de acuerdo, siento que la vida sin mis hijos sería un abismo donde seguría cayendo como caí hasta que ellos nacieran. Son mi equilibrio, mi relación con la realidad, no puedo imaginar, ahora, la vida sin ellos. Es cierto, ahora quizás no los ame porque haya decidido amarlos por su belleza, bondad o inteligencia, pero los amo porque me dan una felicidad que no he encontrado en ninguna otra parte, salvo en la escritura. La risa de cristal de mi hija, los sentimientos transparentes de mi hijo, las palabras liberadoras de la escritura: eso es todo. Sin ello, prefiero morir.
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