martes, 16 de febrero de 2010

No hay un solo cielo

Al llegar, me impresionó la puesta de sol. Había nubes desparramadas por el cielo que reflejaban una luz rosada intensa, casi podría decir fucsia. Me quedé sentada un momento a la salida del aeropuerto arrobada por la intensidad de ese cielo. Pensé que, efectivamente, el cielo de Buenos Aires es como la bandera del país, celeste y blanca, las nubes allá nunca las he visto desparramando tanta pasión. Es cierto que hay otras intensidades aquí inexistentes, las tormentas furiosas algunas noches que son como los aullidos lastimeros de un tango. Me pregunté si acaso este color tan fuerte no se debe a que el sol, por acá, se pone en el mar y, por lo tanto, en el cielo se reflejan los colores que el sol proyecta sobre la superficie del océano Pacífico. Ya en el bus, se recortaba la sombra negra de cerros y montañas sobre un fondo naranja brillante y unas nubes que, ahora, reflejaban un rosado pálido que se desvanecía en amarillo. Abajo, las luces de la ciudad se iban incrementando hasta que ellas y la noche dejaron el cielo en oscuridad.

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