De pronto me doy cuenta de que no tengo nada. Pensaba que lo tenía. Una casa en Santiago de Chile, pero no, se vuelve nada más que una propiedad al servicio de la manipulación tiránica y las ansias de control de mi madre. No tiene nada más. Su vida se puede leer como un fracaso que se ha transformado en fuente inagotable de amargura que tiene que vomitar, sudar, cagar, eliminar por cualquier parte de su cuerpo, por su lengua ácida y sus ojos tristes que lagrimean orina.
Todo hay que leerlo como una señal: la muerte inesperada de Oscar y la repentina manifestación tiránica de mi madre. Lo que hay que leer es que, al fin, no se tiene nada por más que se quiera tenerlo, por más que a veces creas que lo tienes y te aferres a tus cosas como a una tela de araña en la quebrada.
Los libros. Oscar tenía una magnífica colección de libros infantiles. No sé quién se quedará con ellos ahora, pero lo cierto es que nadie los cuidará ni disfrutará tanto como él. Yo estaba enojada con él, por un asunto puntual,pero siempre admiré esa sensibilidad extraña de encontrar en las personas que tenía. Se notaba sobre todo en sus casas: las antiguas que recuperaba, la de Valparaíso, las de muñecas, llenas de los más sorprendentes detalles, su jardín en el puerto. Te das cuenta de que nada de eso tiene sentido sin la persona que les da vida.
Otras personas, en cambio, solo escupen alquitrán. Se burlan de tu pena, te gritan y te pegan cuando eres pequeña, te tratan de tiranizar cuando adulta, no tienen sentido de las proporciones, escuchan la música a todo volumen simplemente porque no pueden escuchar la musicalidad, leen cientos de libros pasando por encima de las letras, pero no logran comprehender ni una palabra, no saben nada de colores porque viven en el negro, en la ausencia de color exactamente, son personas con las que no te puedes enojar una vez porque tendrías que pasarte la vida enojado, pudriéndote como ellas. Esa es mi madre.
Y estas son las cosas que no se pueden decir, pero puedes dejar la maldita casa que te amarra a su tiranía, aunque en un papel diga que es propiedad tuya, un legajo que tiene el mismo valor que el documento de un matrimonio: no hace más que esclavizarte a las cosas materiales y a la voluntad de otra persona.
Nada, debería ir sin nada. Solo quisiera llevar mis libros. A donde fuera. El próximo año, para el cual no queda nada, tendré por fin el valor de desprenderme de esa que creí mi casa y le diré a mi madre que haga lo que quiera con ella. Yo buscaré una salida a tanta amargura, para que no me toque más, ni vuelva a rozar a mis hijos.
lunes, 23 de noviembre de 2009
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