Miedo. Miedo.
Miedo de cómo la vida pasa. Miedo a la pobreza. Miedo a la riqueza. Miedo al cambio. Miedo a la rutina. Miedo a la inexperiencia. Miedo a la vejez.
Te lo dije: un día serás una vieja y te reirás de mi, o sea de vos. Y me reí. Qué ingenuidad. Pero me estaba riendo. Me estaba riendo de mi, o sea de la otra. Llegó el día que predije a los quince años. Ahora ya no soy capaz de predecir nada. La vida no es lo que esperaba. Ni mejor. Ni peor. Otra. Tan completamente otra. Un día pensé que me moriría a los treinta y cinco. Eso porque la línea de la vida de mi mano estaba cortada según lo que calculé sería esa edad. No me morí, pero si venimos al caso, ve vine a Buenos Aires. Renací. No me preguntes de dónde soy porque ahora soy de acá, de Buenos Aires. Antes, mucho antes, fui de Santiago de Chile. Allá todo ha ido muriendo para mí. Ahora vendo mi casa, por ejemplo. Ejemplo. La casa de Riquelme.
Vos siempre soñando con casas.
No. Sí. No, ya no sueño con la casa de mi abuela, mi casa, con el largo parrón y los loros y los peces y los gatos y las gallinas y las perdices y las codornices y la perra, el naranjo, el durazno viejo, los limoneros, el caqui, el palto chileno, los damascos que caían de las casas vecinas, las uvas, la palmera, mi gansa y mi coneja, mi primer hámster, las gallinas japonesas ¿te acordás? esas de plumas blancas como de pelo, el espino que mi madre cuidaba tanto y mi abuela podaba sin compasión, esas noches de maldita dictadura ¿te acordás que quisimos hacer una puerta en el muro con los vecinos para no pasar por la calle? Mi abuela se dormía mientras tocaban la guitarra y tomaban mate. Mi abuela. Si las cosas fueran eternas. Algunas, claro. La casa de mi abuela, por ejemplo. Yo le había prometido que jamás dejaría esa casa. Pensaba cumplir, pero mi abuela mal aconsejada decidió poner en venta la casa a nuestras espaldas. Igual ahora toda esa cuadra está poblada de altas torres de cierta categoría. La que era mi casa. Mi casa con los gatos siameses.
Igual mi abuela no podía ser eterna. Ni la casa. Ni Ñuñoa. Ni Santiago. Ni mi madre. Ni mi casa de Riquelme. Ni yo.
Ni la pasión.
Ni la pasión.
Las plumas blancas. La ventana de mi cuarto que daba al patio. Mi abuela se levantaba a las seis a preparar la comida de los gatos. Olor a pescado. A las seis de la mañana. Mi cuarto, en invierno estaba frío. Muy frío. No teníamos estufa. Entonces éramos algo así como pobres, salvo por la casa que era enorme. Pero hacía mucho frío. Me daba placer y envidia, caminando al liceo, el olor a café y tostadas, era como el olor a hogar, calentito y quizás cariñoso. Afuera hacía frío y yo caminaba con los pies envueltos en papel de diario.
Y, sin embargo, a pesar de la pobreza, de las peleas entre mi madre y mi abuela, de la falta de mi padre, de la pena que nos rondaba, de la dictadura, hay algo que añoro... ¿un ideal? Qué se yo. En cambio, mi madre nada de eso añora con cariño. Lo desprecia, lo detesta. Yo soy la que mil veces, y no exagero, he soñado con la casa de mi abuela, que vuelvo y vuelvo y vuelvo y el barrio es el mismo. Solo que el barrio no es el mismo. Desapareció bajo las alturas de las torres de categoría. Desapareció tal como mi pasado.
Todo lo que soy nunca lo quise ser. De hecho, no me reconozco y soy mucho menos de lo que pensé. Hay cosas buenas insospechadas como mis hijos. Quizás cómo ellos habrán de recordar su infancia. Mi infancia fue horrible y, sin embargo, no dejo de buscar refugios como el Land Rover de mi padre y la casa de mi abuela, como si el Land Rover y la casa grande llena de animales fueran el paraíso perdido. Quizás todos tenemos ese paraíso perdido en medio del dolor.
Y esto por qué.
Ya sabés.
Estoy a días de vender la casa de Riquelme y me duele y tengo miedo, mucho miedo, pero ¿qué importa?la vida es impredecible.
Y el pasado me duele.
Y el futuro me atemoriza.
Yo siempre luchando contra yo, creo.
Yo luchando contra mis miedos, mis limitaciones, mi desidia, mi mediocridad, mi dispersión, mi crueldad.
Yo luchando contra yo.
¿¡Y por qué no puedo tener cinco gatos siameses si quiero!?
Porque no, porque no tenés espacio, porque no sos tu abuela.
A veces no entiendo la felicidad (¿?) de los otros. No la entiendo, pero me hace sentir miserable cuando parece que la muestran. Hay gente que parece tan agradecida de la vida, tan amorosa, tan cariñosa. Yo sospecho, pero quizás tengo un gen defectuoso, quizás yo soy una hija de puta, egoísta y megalónoma. Quizás. O quizás algunos luchan contra ese sentimiento de impotencia frente a la vida. Y se escudan en la religión. Cualquiera. Entonces adhieren a los temazcales y otras ceremonias indígenas. Yo dudo. No es que no crea, pero dudo que nosotros que hemos sido educados en el mestizaje occidental podamos sentir de verdad, creer de verdad, qué se yo, que eso nos de la respuesta, dudo, en definitiva que los haga más felices y plenos. Pero ellos parece que sí.
O tal vez ocultan, como yo, como vos, nuestras frustraciones.
Yo sé que vos tenés frustraciones que no vas a revelar ahora. Al final, todos somos como un película francesa. O, peor, quizás la vida sea como una película francesa, nos callamos lo que nos duele y fingimos que somos felices con lo que tenemos que no es, ni más ni menos, lo único que hemos podido obtener.
Y mientras más viejos es peor.
A mi ¿qué me queda? Además de ciertas convicciones, el miedo. Miedo. Y más miedo.
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