viernes, 21 de enero de 2011
Vida salada
La sal. Al viajar de regreso a Buenos Aires suelo llevar sal gruesa marina. El sabor es otro, tiene el aroma a la playa del Pacífico, la brisa cuando te moja, sentada sobre el borde de una roca cuando revientan las olas, ahí, un poco al principio del abismo salado. Me gusta la sal, pero no cuando alguien anónimo pero susceptible de certeras sospechas se dedica a tirar sal en la entrada de mi casa, situación a la que no le di importancia la o las primeras veces, pero que me llamó la atención en cierto punto, por su insistencia en aparecer en abundantes cantidades. Lo busqué en nuestra enciclopedia virtual: es una brujería para provocarle mal a quien se le deja la sal en su entrada... pueril, ingenuo, triste, amargado, podría ignorarse el hecho, hasta reirse de él, pero, a pesar de todo, algo molesta en lo profundo: es encontrarse en medio de una sociedad donde las personas le desean el mal al otro. Cierta vez leí en una columna de un tal doctor en la Revista Viva del Clarín (me entretengo con sus clichés sicológicos) que la envidia sana no existe, que toda envidia es mala... no, doctorcito, le cuento que hay una envidia sana, como el yogur, si seguimos con los clichés, la que no te hace daño, la que incluso te hace sentir mejor por unos instantes (ciertamente, qué lindos zapatos llevo hoy) y hay una envidia enferma (podría ser el término adecuado) que es esta: la de un cobarde anónimo que te desea mal a tal punto que llega a creer en brujerías y te tira sal en la puerta de tu casa: para que fracases (¿acaso ya no hemos fracasado?), para que te vaya mal (¿acaso no ha sido suficiente con el terremoto y el nuevo gobierno?), para ¿para qué? ¿qué mal le pueden desear a uno? Ninguno, por cierto. Lo que enferma realmente es tener tan cerca gente así de enferma.
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