lunes, 17 de enero de 2011

Miedo

Después del terremoto, que yo sepa, a nadie lo ha ayudado el gobierno de turno. Por ahí la ministra de vivienda inauguró con mucha pompa algo de mil viviendas, pero en realidad correspondía a un programa del gobierno de Michelle Bachellet. Es sabido lo abandonados que están en el sur, pero tampoco los medios le dan mucho espacio, como corresponde a nuestra hegemonía derechista. Así, los miedos proliferan. Yo tengo mucho miedo y supongo que miles de personas, que están reconstruyendo sus casas, también lo tienen. En mi caso, el de los habitantes de la ciudad de Santiago, el municipio ofreció un subsidio de 500 mil pesos que requería una larga documentanción, entre ellas, la firma de un ingeniero y un arquitecto. La verdad es que sólo esas firmas costaban los 500 mil pesos. Así que desistí de hacer los trámites. Por suerte, porque tampoco podía ser cualquier ingeniero y arquitecto, sino que debía ser uno asignado por el municipio ¿qué tal el negocio? Ni hablar que después se les ocurrió que el municipio haría un convenio con el Banco Santander, no otro, no el Banco del Estado, por ejemplo, a quien debiera corresponder su participación dadas las circunstancias, bueno, un convenio con el banco español para ofrecer créditos "blandos" para los afectados por el terremoto. Hasta donde yo llegué a averiguar, este crédito blando tenía una tasa de interés de casi el 20% anual. En mi banco, conseguí un crédito con una tasa del 5% anual. Entré en el sistema. Tuve que entrar. No podía dejar mi casa, declarada patrimonio histórico por otro lado, sin techo y algunos muros cuarteados. Además, al mes del terremoto me llegó una carta del municipio avisándome que mi propiedad estaba inhabitable y que si no solucionaba el problema sería demolida en su totalidad (supongo que la fachada no, puesto que tiene esta condición de patrimonio). Ha pasado casi un año. La reconstrucción se hizo, a costa de un gran endeudamiento por mi parte con un banco privado. Todavía no termino de pagar ni de terminar los arreglos de mi casa. Y tengo miedo. ¿Y si pasara otra desgracia, como pasan? ¿Si este año lloviera inusualmente en Santiago y mi casa se inundara? ¿si la bodega de atrás se incendiara y tomara mi casa? ¿si no logro pagar el crédito? La sensación que tengo, que la debe de tener tanta gente de este país que parece tan desarrollado, o lo hacen aparecer, es que se tiene miedo, de que las fuerzas, por no mencionar la plata, se acaba, que esa cosa de luchador empedernido, ese mito que se reforzó con el tema de los mineros, tiene su límite, de que, sí, que el Estado debería apoyar a sus ciudadanos, a los afectados por el terremoto, a los magallánicos, a ese que tiene el sueldo minímo y que gasta un tercio de su sueldo en transporte "público". El Estado chileno ha abandonado a su pueblo. No se hasta cuándo se puede resistir esta angustia de vivir en el desamparo, peor, en medio del desamparo de un sistema de mercado que lo regula todo, todo.

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