Recuerdo: a los veintitantos todo era potencia: Nir, el israelita que me llevé a casa (cuando yo tenía casa y podía disponer de ella y de mis amantes, cuando, peor aún, tenía amantes) me aplastaba contra la escalera que conduce a la terraza y apenas si me daba cuenta de que el borde de los escalones se me incrustaban en la carne y me rasguñaban con sus imperfecciones: Nir tenía un cuerpo hermoso y un pene fenomenal (le saqué muchas fotos desnudo en el desierto cuando estudiaba fotografía) que me distraía de cualquier dolor supérfluo. No recuerdo tanto placer porque debido a él me desmayé. ¡Cómo debe de haber sido! Ahora lo rememoro como una imagen del cine, afuera de mi, como si hubiesen sido otros los personajes, no yo, ahí, llena de placer, experimentando la pétit morte mejor que en cualquier ensayo medio moribundo de palabras.
Me consuelo: al menos viví tanta pasión, al menos no dejé pasar los años en pos de ideales de virginidad y fidelidad.
Me desespero: a los días (o semanas) Nir se fue a Bolivia. Lloré mucho. Lloré veinticuatro horas seguidas sin parar, masturbándome en el baño del bus a cada rato. Lloré. Supongo que lloré porque ya me daba cuenta de que, después, solo algunos años después, todo iba a ser el recuerdo de otra persona describiendo la escena de una película que vio hace años en el cine ¿te acordás?
Ya ni la experiencia es mía o no la puedo volver a imitar.
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