viernes, 8 de octubre de 2010

La angustia de crecer (no es diferente de la de envejecer)

Hace un par de años tendí a mi hija sobre papel mantequilla (manteca le dicen acá), tracé su contorno e hice una muñeca de trapo de su tamaño, rellena con lana natural, para que se entretuviera vistiéndola con su ropa. Desde entonces no se pudo separar de ella, cosa que le molestaba bastante al padre cuando la llevaba en bicicleta o emprendían largos viajes en un pequeño auto que usaban entonces la familia de él. Tampoco la podía llevar al colegio porque allá tienen otra idea sobre la educación y supongo que tendrían poderosas razones didácticas y disciplinarias para prohibirle el ingreso de semejante muñeca (tampoco permitían juguetes pequeños, pero esos se podían esconder al fondo de la mochila). En fin. A donde iba mi hija llevaba a su Alejandra y podía pasar muchísimas horas con ella y otros muñecos de trapo jugando.

Hasta hace un par de días.

Mientras estudiaba en mi tallercito del fondo, llegó llorando con Alejandra en los brazos.

– ¿Qué te pasa?
– Es que no puedo jugar con Alejandra.
_ ¿Por qué?
_ Porque algo me lo impide.
_ ¿Qué es lo que te impide jugar con ella?
_ No sé.

Lloraba.

– Algo en mi interior, algo en mi interior ya no me deja jugar con ella, aunque lo intente.

Lloraba más.

– Lo intento, pero ya no puedo, aunque yo la quiero, yo la amo, pero algo en mi interior me dice que ella ya no tiene vida propia.

Lloró más amargamente.

Me fui a la facultad, pero supe que estuvo así muchas horas, por intervalos que subían y bajaban.

Ayer ya no vi a Alejandra sobre la cama.

– ¿Y Alejandra?
– La escondí...
_ ¿...?
– Es que no soporto la pena de ya no poder jugar con ella.

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