lunes, 14 de diciembre de 2009

La parra murió

Hace calor. El sol brilla demasiado. Si caminas por el pavimento, sientes que te quemas lo pies, que las suelas se derriten, la cordillera ya no tiene el consuelo de una cumbre nevada allá a lo lejos, sobre la nube de humo. Hace calor. Las gentes caminan hacinadas calcinadas por los paseos comerciales, otras toman un café en las terrazas a la sombra de arbolitos que sobreviven porque aquí tiene que existir alguien que los cuide. Hace un calor seco. Ya vi que tampoco acá sobrevivieron todas tus flores del balcón. La parra que trajiste de la casa de tu abuela hace quince años se secó porque tú no estabas ¿qué te queda de la casa de abuela? ¿recuerdos? ¿sueños? Tu perra murió. Tu gata murió. La parra murió. ¿Recuerdas a tu perra? Claro, creciste con ella, pensando que cuando tuvieras hijos los tratarías igual a fuerza de vivir con un perro por más de trece años. ¿Los tratas como a tu perra? Una vez que te fuiste de la casa de tu abuela por más de un mes, cuando tenías algo de catorce años, escapando de la histeria de tu madre, escondiéndote de ella (de su histeria, de su alcoholismo, de su amargura) en diversas casas, tu madre esparció el rumor de que habían atropellado a tu perra a la salida de tu casa en Ñuñoa. El mismo día que te enteraste, volviste. Te había engañado, por supuesto. Varios años después te la llevaste a tu casa en el centro, donde tu primer hijo alcanzó a jugar con ella y compartir galletas de hocico a boca ¿se acordará? Te trajiste tu perra, tu gata, la parra, por decir lo vivo. Ya nada queda. Hace un tiempo pasé por tu casa y vi que la parra se secó.

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