martes, 3 de agosto de 2010
Vivir en Buenos Aires
A veces, en Santiago de Chile, no quiero seguir viviendo. Me pasa cada vez que estoy allá. Bebo un par de cervezas combinada con un poco de conversación y empieza a latir el deseo de desaparecer al mismo tiempo que el sin sentido adquiere dimensiones aplastantes. En cambio, en Buenos Aires, ciudad que algunos consideran ingrata, dura, amenazante, me dejo llevar por sus callecitas ruidosas y el saludo cotidiano del vecino: el verdulero de la otra cuadra, el mecánico amante de los gatos, la portera del lado, varios padres y madres del colegio de mi hija, el carnicero del mercadito de los chinos, el mozo del bar de la esquina, el cajero del banco de la vuelta, la señora y su perra del almacencito, el kiosquero que vende miel, la profesora de música para niños, la veterinaria de la calle Serrano con su perra Brigitte que, en las mañanas, trabaja en las escuelas especiales (Brigitte, no la dueña) y los amigos que viven cerca: Dani, Ana, Euche y toda la secuela de extranjeros que viven o han pasado por la casa de Omar, también en la calle Serrano. La vida en Buenos Aires fluye sin dificultades existenciales, el sol, aunque esté frío, entibia, el aire un poco helado en invierno refresca aunque el 55 no se detenga a tomar pasajeros, la vida con Pablo aunque con desajustes y falencias es un agradable cable a tierra. Algo sí tiene sentido en esta ciudad que me borra el deseo de no seguir viviendo, a pesar de mi insignificancia.
lunes, 19 de julio de 2010
País del orto
De pronto lo comprendí todo. Estaba iracunda. Sentía una humillación que empujaba a golpear sillas y mesas y gritar lo imbéciles que son todos, que bien se merecen el empresario que tienen por Presidente, sí, ustedes, no yo, porque yo ya no me siento parte de este país ni quiero volver, quédense en su mundillo de las apariencias, del clasismo y la competitividad, quédense con sus restoranes y cafés y bares discriminadores donde se admiten a los fumadores pero no a los niños, y con sus colegios de jornada completa, encierren a sus hijos es esas instituciones militarizadas desde las 8 de la mañana a las 5 de la tarde y sigan siendo los mismos ignorantes eficientes, los mismos chauvinistas de poca monta que quieren creer que le han ganado a alguien, son tan poca cosa, siempre atrás ¿no se dan cuenta? siempre atrás incluso de los pares, pequeña aldea de amargados, me quedo con la Cordillera de los Andes nevada y los mariscos y pescados del Pacífico, pero para eso no necesito ser de este país, ni vivir en este país, solo venir de vez en cuando, como turista ajena, a comer sola, porque aquí a los niños no se los admite en los restoranes porque se le da preferencia a los fumadores, así es. Lo peor de todo es que tendré sin problemas una legión contra mí, porque ya lo he discutido antes y aquí, este paísito a eso se la llama "libertad", pero claramente una libertad para unos, los fumadores, y no para otros. Otros, los niños y quienes los cuidamos y gozamos, no tenemos derecho a la libertad.
jueves, 1 de julio de 2010
Ramirez
Hace un año que está botado en la calle el auto de Ramirez. A nosotros en el barrio nos preocupa. No es que en esta ciudad uno no suela encontrarse con vehículos en descomposición al borde las de las veredas. Lo que nos preocupa es que sea el auto de Ramirez. La otra noche vimos a un sujeto, otro sujeto, no Ramirez, dormir en el auto. Mi mujer mi dijo, con razón, que peor hubiera sido que fuera Ramirez el que dormía en su auto abandonado. En realidad, el que nos preocupa es Ramirez, no su auto, aunque es una buena máquina, no está vieja, es un Volkswagen Gol que, si no estuviera botado en la calle, o si estuviera cuidado, se vería como nuevo. Lo que nos cuesta entender en el barrio es que Ramirez, un buen sujeto, casado con una extranjera, varios chicos (todavía no sabemos quién es de quién, pero a todos los trata como a sus hijos), un tipo más o menos simpático (no sabemos por qué detesta a don Juan, el verdulero, eso sí, o por qué siempre termina discutiendo con los taxistas, que lo echan del automóvil, o tampoco sabemos por qué esquiva, siempre que puede, a Bossi, el padre de la chiquita del 1039), bueno, que Ramirez deje de un día para otro su auto botado en la calle por un año entero. Supimos que, además, varias semanas estuvo bloqueando la bajada para minusválidos, lo que le ha costado también varias multas. Yo mismo, con Soto, escuchamos a la mujer, una mañana, al pasar, decirle a Ramirez "pero, hombre, mové ese auto de ahí, que te van a cobrar una infracción", "¡Qué me van a cobrar nada, si son los boludos del gas que lo corrieron para romper el pavimento!", "Ah, sí, claro, no le vayan a cobrar a Metrogas la infracción de tu auto..."
Pero no hizo nada. Ahí siguió el auto hasta que una tarde la mujer y los chicos lo empujaron algunos metros hasta dejar liberado el paso de peatones con su bajada para minusválidos. Se veía furiosa, la mujer. Ya había acumulado más de diez infracciones. Pobre Ramirez. No entendemos tanto desgano ¿no estará deprimido? Quizás deba a volver a la terapia que dejó hace cinco años. Porque pobre no se ve Ramirez. Tiene una buena chaqueta y un bolso de cuero de esos caros, además la casa es de las grandes, con patio y jardín y todo... Aunque nunca se sabe. No sabemos, pero nos preocupa en el barrio. Mi mujer, que para muchas cosas es una sabia, me dice que un día va a perder a la mujer y todo. Ahí si que se nos deprime el hombre, se viene abajo, pierde todo, es él el que termina durmiendo en el auto abandonado. Tal vez deberíamos quemarle el auto. Sí, eso pasa a veces, autos quemándose en la calle, nada fuera de lo común. Al menos logramos que cobre el seguro. Y que no pierda a su mujer por tanta desidia. Por ahí le hace un buen regalito con la plata del seguro.
Pero no hizo nada. Ahí siguió el auto hasta que una tarde la mujer y los chicos lo empujaron algunos metros hasta dejar liberado el paso de peatones con su bajada para minusválidos. Se veía furiosa, la mujer. Ya había acumulado más de diez infracciones. Pobre Ramirez. No entendemos tanto desgano ¿no estará deprimido? Quizás deba a volver a la terapia que dejó hace cinco años. Porque pobre no se ve Ramirez. Tiene una buena chaqueta y un bolso de cuero de esos caros, además la casa es de las grandes, con patio y jardín y todo... Aunque nunca se sabe. No sabemos, pero nos preocupa en el barrio. Mi mujer, que para muchas cosas es una sabia, me dice que un día va a perder a la mujer y todo. Ahí si que se nos deprime el hombre, se viene abajo, pierde todo, es él el que termina durmiendo en el auto abandonado. Tal vez deberíamos quemarle el auto. Sí, eso pasa a veces, autos quemándose en la calle, nada fuera de lo común. Al menos logramos que cobre el seguro. Y que no pierda a su mujer por tanta desidia. Por ahí le hace un buen regalito con la plata del seguro.
jueves, 20 de mayo de 2010
(Ejercicio escritural, Maestría UBA)
A mi escritura le falta relleno. La imagen que tengo es ésta: soy una niña que, en domingo de resurrección, sale al jardín en busca de los huevos de chocolate del conejo. En medio de los rosales de mi abuela hay un gran huevo envuelto en papel brillante y corro a buscarlo, lo tomo con ansiedad, aunque no pienso comérmelo si no guardarlo. Siento la primera decepción: está un poco liviano para ser tan grande ¿no? Efectivamente, cuando más tarde o un par de días después lo abro y lo muerdo me doy cuenta de que está hueco: un gran huevo de chocolate hueco: mi escritura hueca.
De todas maneras tengo otras habilidades que he ido desarrollando a lo largo de los años de escritura, he perfeccionado la técnica y manejo la redacción, el estilo y la estructura interna del texto. De esta manera, a punta de cumplir reglas y normas y preceptos puedo construir el armado de un texto sin demasiadas falencias. Sin embargo, a mi escritura no solo le falta relleno si no que también profundidad. En este sentido, es como una fotografía perfecta: elegí con cuidado la situación de luz, medí con meticulosidad los diferentes puntos de la escena, después revelé en el laboratorio con las temperaturas, los tiempos y las proporciones químicas justas, amplié los negativos una y otra vez hasta que obtuve la imagen perfecta: una escena en blanco y negro, donde se pueden encontrar los siete matices de gris requeridos por toda buena fotografía, aún si se trata de una imagen de alto contraste. Está perfecta y está hermosa. Está hermosa. Está hermosa. A la tercera mirada, a la quinta o sexta si somos generosos, ya no se ve nada porque no hay nada salvo una imagen perfecta y hermosa en términos de composición y de técnica, que se agota en sí misma. No hay otros niveles de lectura, podríamos decir, o no tiene mensaje alguno, no me dice nada, pensamos si somos más simples. Lo resumo otra vez: mi escritura no tiene profundidad.
Quisiera que mi escritura fuera una Olympia. No cualquier Olympia, si no aquella de la mirada ausente pero penetrante, recostada sobre unos almohadones con una sensualidad plácida y fervorosa, desnuda y aún así con pequeños detalles que la visten de misterio: la delgada cinta negra en el cuello, la flor en el pelo, la pulsera en un brazo y los tacones en los pies, que realzan la belleza de su cuerpo desnudo como una escritura que uno quisiera recorrer, delinear con la punta de los dedos, apenas tocando pero sin ignorar que bajo esa piel hay una carne densa y nerviosa, que más allá de esos ojos hay algo que no podemos descifrar pero intuimos: una Olympia de la escritura, bella, profunda, sensual, misteriosa, densa, inabordable e inabarcable.
De todas maneras tengo otras habilidades que he ido desarrollando a lo largo de los años de escritura, he perfeccionado la técnica y manejo la redacción, el estilo y la estructura interna del texto. De esta manera, a punta de cumplir reglas y normas y preceptos puedo construir el armado de un texto sin demasiadas falencias. Sin embargo, a mi escritura no solo le falta relleno si no que también profundidad. En este sentido, es como una fotografía perfecta: elegí con cuidado la situación de luz, medí con meticulosidad los diferentes puntos de la escena, después revelé en el laboratorio con las temperaturas, los tiempos y las proporciones químicas justas, amplié los negativos una y otra vez hasta que obtuve la imagen perfecta: una escena en blanco y negro, donde se pueden encontrar los siete matices de gris requeridos por toda buena fotografía, aún si se trata de una imagen de alto contraste. Está perfecta y está hermosa. Está hermosa. Está hermosa. A la tercera mirada, a la quinta o sexta si somos generosos, ya no se ve nada porque no hay nada salvo una imagen perfecta y hermosa en términos de composición y de técnica, que se agota en sí misma. No hay otros niveles de lectura, podríamos decir, o no tiene mensaje alguno, no me dice nada, pensamos si somos más simples. Lo resumo otra vez: mi escritura no tiene profundidad.
Quisiera que mi escritura fuera una Olympia. No cualquier Olympia, si no aquella de la mirada ausente pero penetrante, recostada sobre unos almohadones con una sensualidad plácida y fervorosa, desnuda y aún así con pequeños detalles que la visten de misterio: la delgada cinta negra en el cuello, la flor en el pelo, la pulsera en un brazo y los tacones en los pies, que realzan la belleza de su cuerpo desnudo como una escritura que uno quisiera recorrer, delinear con la punta de los dedos, apenas tocando pero sin ignorar que bajo esa piel hay una carne densa y nerviosa, que más allá de esos ojos hay algo que no podemos descifrar pero intuimos: una Olympia de la escritura, bella, profunda, sensual, misteriosa, densa, inabordable e inabarcable.
SI NO SICARIA, OLYMPIA DE LA ESCRITURA
martes, 18 de mayo de 2010
Woody Allen y la vejez
Leo en un artículo breve sobre los comentarios de Allen en el festival de Cannes, donde presenta su nueva película, bastante mediocre según los críticos: la vejez no tiene nada de bueno, no eres ni más inteligente ni más sabio. Pienso en esta frase mientras camino. Es cierto, desde hace un año deploro envejecer. Será porque he tenido que estar rodeada de gente mucho más joven. Será porque el proceso ahora sí se hace evidente en todos los ámbitos. No tiene nada de bueno, ni eres más sabio ni más inteligente, como dice Allen, ni más creativo ni más admirado ni más interesante; por el contrario, sigues siendo el mismo tarado de siempre, si lo fuiste, el mismo indisciplinado, el mismo borracho, sólo que ahora estás más gordo, más fofo, más lento, más ciego, más sordo, más arrugado, te comés un sandwich y lo asimilás por tres, no sacás nada con hacer dieta y más ejercicio, con ponerte cremas ni aceites, con leer indefinidamente en el tiempo, lo que no hiciste ya no lo hiciste, tus neuronas se han reducido notablemente desde la primera vez que empezaste a tomar alcohol y probar otras drogas y no es cierto que se regeneren, como ahora dicen algunos científicos, porque de solo mirar alrededor a todos tus amigos y tus tíos, primos, padres y abuelos, ves claramente que sus facultades mentales van en franca disminución y que por más que te cuides físicamente, si te cuidas y si lográs mantener tu peso y un buen estado físico, la degeneración se lee en cada arruga, en los párpados caídos, en los labios que se destiñen, la concha gastada. Entonces, algunos nos concentramos en el intento de que nuestro cerebro no se degrade de la misma manera, nos ponemos a estudiar cómo nunca lo hicimos antes y ¡por la mierda! no podemos alcanzar a esos jóvenes talentos, no podemos porque somos más viejos y, aunque la experiencia ayuda, no ayuda lo suficiente, si somos sinceros. Y al final, así como es inútil acumular bienes y riquezas porque nada de eso nos vamos a llevar a la tumba ni al crematorio, en un cliché tópico pero cierto, también es cierto que nada de esta acumulación de conocimiento se irá a ninguna parte, sino al estómago de los gusanos (¿tienen estómagos los gusanos?) o a las cenizas que románticamente pediremos que tiren en alguna parte, como si para entonces sirviera de algo. Lo cual no siginifica, como Allen, que uno no siga viviendo y no trate de seguir acumulando conocimiento e intente hacer pelis, libros, cuentos, guiones, dibujos por mediocres que sean y mientras más mediocres sean con el paso del tiempo porque, lo más importante de todo, como dice Woody en sus declaraciones es que, efectivamente, ya no te quedás con el jovencito atractivo de ojos verdes y si es así, si el héroe o la heroína es otra en esta película, yo tampoco quiero seguir actuando.
viernes, 14 de mayo de 2010
viernes, 7 de mayo de 2010
ideas insuperables
Nos dijimos que la vida tiene ideas insuperables para la ficción.
Una tarde me escribe una amiga para que nos juntemos a tomar un café en la mañana, "si es que quieres escuchar problemas".
Ya sabía de lo que se venía el problema, claro está, no por un asunto de adivinación, si no por un tema de la transparencia total que algunas cosas tienen cuando uno es el que está afuera observando todo.
Nos sentamos y la miro a la espera de la confesión (desde joven adquirí el buen hábito de escuchar cuando, hastiada de los monólogos duales, de los que hablaré otra vez, hice un voto de silencio que duró algo así como cinco años).
- Encontré un condón en el bolsillo izquierdo del pantalón gris de mi marido.
(Me pregunté si era necesario tanto detalle, pero callé)
Pensó un momento, en el silencio que le otorgué.
- Por suerte estaba abierto, pero no usado.
(¡Qué consuelo! Seguí callada esperando la continuación de su relato)
- Imagínate. Esto fue en la mañana, cuando iba a lavar la ropa, así que me tuve que aguantar todo el día hasta que mi marido llegara en la tarde, pero después del trabajo me llamó para decirme que se iba a tomar unas cervecitas con el jefe...
(¡Ajá! El jefe... pobre... y se la cree)
-... y recién llegó a eso de las diez y yo tratando de disimular todo el día, por los niños, ya sabes, pero cuando llegó lo enfrenté.
Calló. Supongo que esperaba mi intervención.
- ¿Y qué pasó?
- Lo negó. Lo negó todo.
(¿Con el condón en la mano?)
- Y yo, claro, me enfurecí. No grité y nada de eso, por los niños, pero estaba muy enojada y le seguí pidiendo explicaciones y él que no, que no, que no...
- Y al final ¿lo reconoció?
- No esa noche. Imagina cómo dormí.
(Así de enojada y ¿durmió con él? Yo no entiendo a algunas mujeres, la verdad)
- Pero en la mañana tampoco me dijo nada, pero me prometió que a la noche lo hablaríamos, así que lo esperé todo el día toda nerviosa, pero disimulando, por los niños... Al final llegó y hablamos. Igual yo ya gritaba, pero no dije nada grosero, para que mi hija no escuchara, al fin, igual sabe que los padres pelean...
- ¿Y qué te dijo?
- Bueno, tú sabes el trabajo que él tiene, viaja mucho y tiene muchas cenas con clientes que vienen del extranjero que siempre que viene los sacan a conocer la ciudad...
(Ya, ya, que me diga de una vez que van a cabarets...)
-... a distintos lugares, pero sobre todo en las noches, porque en el día trabajan, claro, y en las noches ¿a dónde los llevan? Bueno, yo sabía, no es que no sabía, a veces a cabarets, pero no siempre, claro, solo a veces...
(Sí, claro, el trabajo... qué sacrificios hace uno)
- La cosa es que me contó que la otra noche fueron con uno de estos clientes a un cabaret y él los invitó con unas prostitutas, bueno no los invitó, casi que los obligó a ir con las prostitutas...
(¡Dios! ¿no me digas que le creyó semejante disculpa? ¡Mi hijo miente mejor!)
-... además, me dijo, que él no había pagado nada, que todo era invitación del cliente, así que no gastó plata en eso...
(¡No se lo puedo creer! ¡Qué amabilidad!)
- y que después de unos tragos, de bastantes tragos, en realidad, ya estaba medio borracho...
(¡Nooo! Ésta me la contaba yo cuando tenía veinte años... la típica "borracho, no vale" En una ocasión otra amiga y yo (no teníamos 20 años, hay que decirlo) nos juntamos a tomar whiski en la casa bajo la ilusión, que alguien nos había creado, de que no tenía resaca. Empezamos con una proporción de una de whiski por nueve de agua mineral, pero con el paso de las horas terminó en la relación inversa y al final de la jornada una de nosotras, no puedo confesar cuál, se fue con el vecino a tener relaciones sexuales, un vecino petizo, gordito y con espinillas en la cara, lo que hace el alcohol. A los tres días, porque tres días nos duró la resaca en cama, tuvimos que confesar el hecho y consolarnos con el "total, borracha, no vale")
-... entonces se fue a un cuarto con la puta y, bueno, se puso el condón, pero me dijo que ahí...
(justo ahí se arrepintió y no se acostó con la puta, no me digas)
-...le dio un poco de culpa y apenas la tocó, pero no se lo metió.
Hizo un punto aparte tan evidente que tuve que comentar algo.
- ¿No le metió el pene?
- No, dice que no, y yo le creo, menos mal... no se lo metió, por eso el condón estaba abierto en su bolsillo, pero no usado, menos mal, menos mal...
***
Una semana despues me volví a encontrar con esta amiga, caminando con su cochecito y la guagua sonriente dentro de él, mientras ella va lánguida y resignada.
- Y ¿cómo andás?, le pregunto.
- Bien, bien. Le tengo que creer porque sino, ¿qué hago? Por suerte, la semana que viene llega mi tía y tendré algo que hacer...
La dejé yéndose con el cochecito. Estas son las cosas que me dan pavor, pensé, y me fui a tomar el café que, en esta ocasión le negué porque después de la charla de la otra vez, le pedí unas pastillas para adelgazar que no me quiso conseguir, así que doy por finalizada cualquier tipo de transacción con ella. Total sabemos que seguirá con su vida hasta que un día se despierte y se de cuenta de que ya no tiene hijos que criar ni marido al que cuidarle las camisas para las cenas de la noche.
Una tarde me escribe una amiga para que nos juntemos a tomar un café en la mañana, "si es que quieres escuchar problemas".
Ya sabía de lo que se venía el problema, claro está, no por un asunto de adivinación, si no por un tema de la transparencia total que algunas cosas tienen cuando uno es el que está afuera observando todo.
Nos sentamos y la miro a la espera de la confesión (desde joven adquirí el buen hábito de escuchar cuando, hastiada de los monólogos duales, de los que hablaré otra vez, hice un voto de silencio que duró algo así como cinco años).
- Encontré un condón en el bolsillo izquierdo del pantalón gris de mi marido.
(Me pregunté si era necesario tanto detalle, pero callé)
Pensó un momento, en el silencio que le otorgué.
- Por suerte estaba abierto, pero no usado.
(¡Qué consuelo! Seguí callada esperando la continuación de su relato)
- Imagínate. Esto fue en la mañana, cuando iba a lavar la ropa, así que me tuve que aguantar todo el día hasta que mi marido llegara en la tarde, pero después del trabajo me llamó para decirme que se iba a tomar unas cervecitas con el jefe...
(¡Ajá! El jefe... pobre... y se la cree)
-... y recién llegó a eso de las diez y yo tratando de disimular todo el día, por los niños, ya sabes, pero cuando llegó lo enfrenté.
Calló. Supongo que esperaba mi intervención.
- ¿Y qué pasó?
- Lo negó. Lo negó todo.
(¿Con el condón en la mano?)
- Y yo, claro, me enfurecí. No grité y nada de eso, por los niños, pero estaba muy enojada y le seguí pidiendo explicaciones y él que no, que no, que no...
- Y al final ¿lo reconoció?
- No esa noche. Imagina cómo dormí.
(Así de enojada y ¿durmió con él? Yo no entiendo a algunas mujeres, la verdad)
- Pero en la mañana tampoco me dijo nada, pero me prometió que a la noche lo hablaríamos, así que lo esperé todo el día toda nerviosa, pero disimulando, por los niños... Al final llegó y hablamos. Igual yo ya gritaba, pero no dije nada grosero, para que mi hija no escuchara, al fin, igual sabe que los padres pelean...
- ¿Y qué te dijo?
- Bueno, tú sabes el trabajo que él tiene, viaja mucho y tiene muchas cenas con clientes que vienen del extranjero que siempre que viene los sacan a conocer la ciudad...
(Ya, ya, que me diga de una vez que van a cabarets...)
-... a distintos lugares, pero sobre todo en las noches, porque en el día trabajan, claro, y en las noches ¿a dónde los llevan? Bueno, yo sabía, no es que no sabía, a veces a cabarets, pero no siempre, claro, solo a veces...
(Sí, claro, el trabajo... qué sacrificios hace uno)
- La cosa es que me contó que la otra noche fueron con uno de estos clientes a un cabaret y él los invitó con unas prostitutas, bueno no los invitó, casi que los obligó a ir con las prostitutas...
(¡Dios! ¿no me digas que le creyó semejante disculpa? ¡Mi hijo miente mejor!)
-... además, me dijo, que él no había pagado nada, que todo era invitación del cliente, así que no gastó plata en eso...
(¡No se lo puedo creer! ¡Qué amabilidad!)
- y que después de unos tragos, de bastantes tragos, en realidad, ya estaba medio borracho...
(¡Nooo! Ésta me la contaba yo cuando tenía veinte años... la típica "borracho, no vale" En una ocasión otra amiga y yo (no teníamos 20 años, hay que decirlo) nos juntamos a tomar whiski en la casa bajo la ilusión, que alguien nos había creado, de que no tenía resaca. Empezamos con una proporción de una de whiski por nueve de agua mineral, pero con el paso de las horas terminó en la relación inversa y al final de la jornada una de nosotras, no puedo confesar cuál, se fue con el vecino a tener relaciones sexuales, un vecino petizo, gordito y con espinillas en la cara, lo que hace el alcohol. A los tres días, porque tres días nos duró la resaca en cama, tuvimos que confesar el hecho y consolarnos con el "total, borracha, no vale")
-... entonces se fue a un cuarto con la puta y, bueno, se puso el condón, pero me dijo que ahí...
(justo ahí se arrepintió y no se acostó con la puta, no me digas)
-...le dio un poco de culpa y apenas la tocó, pero no se lo metió.
Hizo un punto aparte tan evidente que tuve que comentar algo.
- ¿No le metió el pene?
- No, dice que no, y yo le creo, menos mal... no se lo metió, por eso el condón estaba abierto en su bolsillo, pero no usado, menos mal, menos mal...
***
Una semana despues me volví a encontrar con esta amiga, caminando con su cochecito y la guagua sonriente dentro de él, mientras ella va lánguida y resignada.
- Y ¿cómo andás?, le pregunto.
- Bien, bien. Le tengo que creer porque sino, ¿qué hago? Por suerte, la semana que viene llega mi tía y tendré algo que hacer...
La dejé yéndose con el cochecito. Estas son las cosas que me dan pavor, pensé, y me fui a tomar el café que, en esta ocasión le negué porque después de la charla de la otra vez, le pedí unas pastillas para adelgazar que no me quiso conseguir, así que doy por finalizada cualquier tipo de transacción con ella. Total sabemos que seguirá con su vida hasta que un día se despierte y se de cuenta de que ya no tiene hijos que criar ni marido al que cuidarle las camisas para las cenas de la noche.
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