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lunes, 7 de diciembre de 2009

Picnic en el Parque Forestal

No lo sé.
Construyes un extraño eje entre mi ex, el abogado y mi desnudez. Además, eso de buena no sé en que sentido entenderlo. Por otro lado (o por el mismo), siento un poco de culpa, tal como tú lo sugieres. No por verdugear a mi ex justo ahora que se le murió el padre, sino por su madre. El abogado, supongo que te lo comentó entonces, con una claridad profesional que en muchos aspectos es mejor que cualquier terapia freudiana, lacaniana o sistemática, lo que sea, me dijo, además, que ahora que el padre se había muerto a mi ex le cambiaba su situación patrimonial. Ni lo había pensado. Así es la muerte. No se tiene compasión ante los hechos más evidentes. Eso por mi ex y el abogado. Ya te dije, no sé dónde poner a mi desnudez en este diálogo. ¿Dónde cabe? ¿Por qué se te ocurrió? Igualmente, pensaba mandarte unos autorretratos desnuda de un metro por dos, recostada, tipo Olympia, para que los pusieras en tu departamentito y no me extrañaras tanto en Santiago. Lástima que no he tenido tiempo más que para bocetear mi angustia frente a un cuerpo que desconozco. Aún así, son bellos bocetos, enorme el formato, por lo que no sé si pintarlos al óleo o acrílicos. O quizás los termine allá. El Parque Forestal me espera verde, supongo, que para que disfrutemos un picnic de sushi.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Otra ventana

Esta otra ventana, la de mi cuarto, da a la calle, en un casa antigua de fachada antigua. Apenas se abre para que los paseantes, los transeúntes, los caminantes de veredas, no miren al interior. No dejar ver aquí significa no poder ver. Los días de viento, se abren las alas, pero se cierran las persianas. Está oscuro y fresco. En las noches de fines de semana se puede escuchar a algo que parece una multitud multinacional que habla en variados idiomas, mujeres alegres o parejas que comentan un espectáculo o la comida del restorán armenio o peruano o mexicano. Debe de haber un hostal muy cerca. Siempre parecen devolverse hacia Corrientes. Las noches de semana es bastante silencioso, pero no tanto como allá. Nunca falta el olor a levadura caliente, que se extiende por toda la cuadra desde una panadería que hay en Loyola. Me gusta dormirme con el aroma a levadura caliente, tiene la suavidad de una cuna o de un vientre. Últimamente también me despierto a las cinco de la mañana, con el canto de muchísimos y diversos pájaros. A eso de las seis y media o las aves se vuelven más silenciosas o el ruido de la ciudad, crescendo, las enmudece. Nunca veo por mi ventana más que un trocito cuadrado de hojas verdes que, por fortuna, casi siempre están en movimiento.