Hemos llegado al punto en que la (des) vergüenza es inversamente proporcional. Yo me acerco peligrosamente a los 40 años y por primera vez en mi vida me he puesto un bikini, sin importar si se me sale un rollito de alguna zona (o más de alguno) y si mi panza ya excede la curvatura ideal griega (para qué hablar de un vientre plano porque no conozco ninguna diosa griega que, en sus perfectas proporciones, lo tenga como una tabla de aserradero). Y si se me sale una teta del bikini de 20 pesos que me compré bien poco me importa. La consigna es, ahora, andar cómoda y sentirse más desnuda que nunca en un ámbito en que tampoco se puede andar exhibiendo la pelambrera del pubis, pues como no soy argentina de sociabilización temprana, nunca adquirí el hábito de raparme los pendejos para ostentar un pubis púber, cosa muy contradictoria a mi edad y con esos rollitos que ya comenté que no tienen nada de juvenil, pero mucho de voluptuoso en ciertos momentos claves. Y si yo pierdo la vergüenza, mi hijo preadolescente empieza a tener conciencia de la llamada "ajena". Si me paseo por el recinto termal medio desnuda en mi bikini de liquidación, una nalga más afuera de la otra o el culo tragándose la mitad del calzoncito de morondanga y el pezón a punto de escapar de borde del sostén que, aunque XL, apenas me sujeta las tetas (y eso que yo siempre las consideré algo pequeñas o mis amigas todas las tenían enormes las pechugas), mi hijo, un poquito atrás de mi paso, me dice tratando de mantener el tino:
- ¿Mamá?
- ¿Mm?
- Esteee...
- ¿No tienes frío?
- ¡No! Está ideal...
- Ah.
-...
-...
- ¿Por qué?
- Y ¿no te vas a vestir?
Me acordé cuando yo tenía su edad y acompañaba a mi abuela de 88 años al centro de Santiago en micro. En cierta ocasión el chófer, que no debe diferir de cualquier conductor de buses urbanos de cualquier tiempo en nuestra América latina, hizo una maniobra brusca y hasta peligrosa para una señora de su edad, y mi abuela se cayó sentada encima de un tipo de unos 30 años (ahora recién me lo digo ¡qué desgraciado! ¿cómo no le había dado el asiento a una mujer de tamaña edad?) y en vez de pararse y pedir perdón, le vino un ataque de risa que le impedía del todo levantarse de las faldas del sujeto atónito que la sostenía convulsiva de risa. Qué papelón, ni siquiera tenía el ánimo de decirle "abuela, párate" o si quiera ayudarla a levantarse de esa posición que, a fin de cuentas, también lo pienso ahora, no le habrá molestado en absoluto a su edad porque, me imagino, pocas habrán sido sus oportunidades, bordeando los noventa años, de sentarse sobre el paquete de un macho juvenil.
Al bajarnos de la micro, todavía seguía hilarante y no dejó de reírse hasta que se tomó un schop de medio litro, al seco, en el clásico local de la calle Banderas y Huérfanos, a pasos de los tribunales de justicia, nuestra parada final de esa tarde (o mañaña ¿quién se puede acordar después de tantos años y semejante vergüenza?)
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